| Federico González Frías |
| Jauja |
Cuando se abrió la puerta y el Bienamado, el Secretario y una breve comitiva pasaron a la sala donde los esperaba una nutrida comisión de elegantísimos señores que esperaban al ministro, el buen humor había hecho presa del Bienamado, justificándose en parte, por el encuentro que había tenido esa mañana con Enrique. – Buenos días amigos, exclamó alegremente Bienamado, que se había colocado un clavel en el ojal. Hubo saludos, se estrecharon las manos y finalmente pasaron a la oficina de este jefe. Al encarar a este funcionario ya se había hecho patente para Bienamado lo risible de la situación. El ministro, con ademán ampuloso, los invitó a pasar y quedaron todos de pie alrededor de un escritorio frente al cual se ubicaron en abanico. Mientras el funcionario carraspeaba, Bienamado estableció una inmediata relación entre el brillo enceguecedor de los botines de aquél y un gigantesco cuadro representando un paisaje de la Boca que allí se hallaba. Cuando el ministro comenzó agradeciendo la presencia de ese comité bancario que se había hecho presente para colaborar en la obra de gobierno y en particular con la nueva Ley de Bancos, a la que se quería depurar de incorrecciones antes de ser sometida a la opinión pública, la sensación de teatro de títeres se agravó en Bienamado. Pensar que todo esto es cierto, se dijo. Era una sensación absolutamente personal que lo acompañaba bastante a menudo, sobre todo en las ceremonias oficiales, y que no compartían por cierto sus compañeros y el ministro que lleno de pompa, continuaba pronunciando palabras. – … que hace a la constitución de toda sociedad moderna…, decía en ese momento. Colegió que era la oportunidad que las circunstancias habían urdido para que hablase y se adelantó. – Quiero agradecer las expresiones del señor Ministro y llevar por su intermedio al ánimo de nuestro gobierno, la impresión de que siempre encontrarán en la Federación Bancaria Argentina, de la que como vicepresidente me hago eco, una actitud de franca colaboración con las autoridades en todo lo concerniente a lo específicamente bancario, insertado dentro del plano de lo económico, tal como las altas autoridades del país lo han entendido. – Soy una mierda, pensó, y prosiguió: – En el caso particular de la reestructuración bancaria, que hoy nos ocupa, hemos redactado un memorándum, que ponemos en vuestras manos, señor Ministro. El Secretario se adelantó y con un ademán pseudoversallesco entregó un papel al gobernante (me gustaría ver al ministro con un dedo en la nariz). En realidad lo tiene en la nariz. No. Lo tiene en el culo. El ministro tiene un dedo metido en el culo, enquistado, y nadie se ha dado cuenta. Ni siquiera su médico de cabecera. – Aunque también nos permitimos señalar a nuestro entender algunos errores, no con ánimo de crítica sino más bien pensando en construir y no en juzgar. Estos se refieren a que el citado proyecto, no contempla, en nuestra opinión la situación que se crearía si como parece, el Banco Central no respaldara con su aval, a cada uno de nuestros bancos, lo que generaría una situación particularmente difícil a los bancos chicos y medianos, que verían desaparecer la masa de sus depósitos puesto que sus clientes confiarían su dinero a bancos extranjeros u oficiales dejando librados así… Y siguió un buen rato Bienamado, cediendo luego la palabra a otro compañero de filas. Era este un individuo muy parecido a Decrépito pero varios años mayor. Bienamado anotó mentalmente la coincidencia de sus pensamientos junto con lo que alguna vez se dijo de Talleyrand, algo así como "un montón de mierda dentro de una media de seda" y se dedicó a observar al falso Decrépito. Luego miró al Secretario porque se dió cuenta de que éste sabía lo que él, Bienamado, estaba pensando. Volvió a Decrépito el Impostor, para recordar que éste era una buena persona (por lo menos mejor que yo y que el hijo de puta del Secretario que lo sabe todo y ni que hablar del Ministro), excelente padre de familia, religioso, que decía: – Por mi parte quiero invitar por su intermedio al Presidente y a todos los funcionarios del Equipo Económico al Vino de Honor que se celebrará el día veinticinco del corriente en nuestra asociación. – … muchas gracias… muchas gracias… cacareaba Símil-Decrépito, confundido en un abrazo luego de haber estrechado la mano al Ministro, cortándose Bienamado por una tangente a toda velocidad, despidiéndose con exquisita cortesía, lleno de regocijo, imaginando ahora qué pensaría el Ministro del Encaje Bancario y confiando en que aprobarían las sugerencias del memorándum, pues eran buenas, atinadas, justas. * – ¿Qué vas a hacer ahora, a la mañana?, preguntó Enrique a su hermano Juan. Se hallaban en el living de un pequeño departamento que este último alquilaba. – Tengo que hacer un par de diligencias, contestó vagamente Juan que todavía se hallaba en ropa de cama. ¿Con qué te puedo convidar? ¿Café?, Enrique asintió y Juan pasó a una pequeña cocina a preparar el brebaje. ¿Estuviste con papá esta mañana?, preguntó. – Sí, respondió Enrique. – ¿Qué tal lo encontraste al viejo? … – Bien. Muy bien. En fin, como siempre…, agregó Enrique con un dejo socarrón. Al rato volvió Juan con el café y prosiguió la conversación. – ¿Hablaron de mí? – Vagamente. – Pienso que quizás tenga un problema conmigo… – ¿Por qué? – Bueno… No sé si encajo en los esquemas de papá… – El viejo tiene pocos esquemas. – Sí. Es verdad. De todas maneras me siento culpable. – ¿De qué? – Bueno… no sé qué decirte… En realidad estoy medio despistado ¿no es cierto? – Supongo que eso lo sabrás vos mejor que nadie. – Mirá… de todos nosotros… me parece… en fin… bueno… vos estás en el campo, Miguel en el Banco, Federico va a ser (o es) obviamente un científico, pienso que de alguna manera yo fallo, no encajo… – Eso es ridículo. ¿Por qué te querés encasillar? – No es que me quiera encasillar y no es tan ridículo. La verdad es que todos ustedes han elegido algo, se han decidido o lo que fuere, pero yo no encuentro todavía, no he visto aún algo que me mueva, que me llame realmente la atención. – Hay muchas cosas que te interesan. – Eso es lo malo. Demasiadas y demasiado poco. – Tenés veintidós años. – ¿Qué tiene que ver? Vos a mi edad ya hacía cinco años que estabas en el campo. – Comparar no tiene sentido. – No, no lo tiene. Pero yo sé lo que estoy diciendo. Lo sé y pienso que para el viejo debe ser un problema, manifestó Juan. – Me parece que fundamentalmente es un problema tuyo. – ¡Por supuesto! ¡Y qué querés que haga! Juan, violento, comenzó a pasearse nerviosamente por la habitación. Estaba enojado consigo mismo: – Me dedico a estudiar filosofía… y nada. Me pongo a tocar música… y me doy cuenta de que soy menos que mediocre… ¡Pero en realidad esos no son mis problemas! Ni estudié filosofía ni toqué música siquiera medianamente convencido de lo que hacía, o con algún entusiasmo. Había que hacer algo, por eso lo hice. ¿Y ahora? Nada. – ¿Por qué había que hacer algo? – Bueno, no puedo estar viviendo de papá sin hacer nada. – ¿Papá te pidió que hicieras algo? – No. Pero se sobreentiende. ¿No es cierto? – Para eso tiene plata. – No estoy de acuerdo, además, no es solamente la plata. Es un problema interno, simplemente no sé lo que quiero. – ¿Y por qué no te ponés a trabajar? – Creo que es lo que voy a hacer en Europa. – ¿En qué? – No sé. En cualquier cosa. Supongo que en alguno de los negocios de papá. El otro día hablamos algo de eso… ¿Pero vos creés que voy a solucionar algo? – No alcanzo a entender bien lo que tenés que solucionar. – Mi vida, repuso Juan ofuscado, y redobló el paso de su caminata alrededor de la habitación. Lo que pasa es que vos no me conocés, se franqueó, vivimos desde hace años separados. Yo tengo muchos problemas. Prácticamente no tengo otra cosa… – Todos tenemos problemas, interrumpió Enrique. – ¡No digás lugares comunes!, se fastidió Juan. Vos tenés solucionada tu vida, estás haciendo lo que querés. Tenés amigos, sabés lo que sos. Yo no tengo idea de nada y estoy solo. Con Miguel y Federico tengo una relación superficial. Durante muchos años mi mejor comunicación fue con el viejo, pero ahora se ha interrumpido. Imagináte, ¡de pronto a papá se le ocurre que solamente una tonelada de cada diez que se transportan al país se hace en barcos argentinos y decide hacer una campaña para que esta situación se modifique! – Desde que yo me acuerdo papá fue igual, intervino Enrique. – Es verdad. Pero el que cambié fui yo. Para decirte la verdad, en este momento de mi vida me importa un comino lo que les pasa a los barcos argentinos. No tengo conciencia social. ¡Qué voy a tener si ni siquiera sé quién soy ni qué quiero! – Si no te preocupara tanto saberlo quizás lo sabrías. – Es verdad, convino Juan, al que esta reflexión pareció calmar, pero hay muchos detalles de mi intimidad que no conocés… En fin ¡que no soy como papá! ¡que no me interesa ser como él! ¡ni me interesa la Organización!, se iba excitando a medida que hablaba. ¡Y tampoco soy como vos, que igualmente no sos de la Organización, gritaba, porque vos sos como papá y como Federico y como Miguel y si no sos de la Organización es porque te hubiera gustado fundarla a vos mismo, si es que algún día no hacés algo similar! – Calmáte, dijo muy sereno Enrique. No entiendo nada. – No importa, contestó Juan al que la tranquilidad de su hermano había aplacado. ¿Querés otro café? * Un olor muy feo se sentía intermitentemente en oleadas. Es probable que el olor no fuese en aumento, que el crescendo no surgiese del o los objetos que produjesen el olor, sino tan sólo del sentido del olfato, o la obsesión progresiva, del sujeto que percibía. Pero el aumento del hedor existía para Federico, hijo menor del primer matrimonio de Bienamado, estudiante aventajado de medicina (cuarto año, escasos veinte años), que en vano trataba de alejar esa sofocante miasma, oprimiendo, alocada e ingenuamente el disparador de un aparato de aerosol en cuya etiqueta podía leerse "Lavandex". El olor era espeso, parecía estar dentro de su cuarto de estudios y finalmente avanzaba hasta su propia piel, lograba introducirse con esfuerzo por cada uno de sus poros y terminaba ocupando por completo su organismo al mismo tiempo que una grasitud le chorreaba por el cuerpo y Federico alcanzaba a abrir la ventana de su cuarto, salvándose de morir ahogado sólo por instantes. Durante unos momentos se sintió mejor, bastante aire fresco entraba desde la noche. Regularizando su respiración, pensó en que algo muy raro le pasaba. Hacía casi una semana que apenas dormía –pues tenía exámenes en esos días–, y le fue fácil atribuir sus síntomas a excesivo cansancio, presumiblemente a un poco de debilidad. Durante unos minutos creyó haber encontrado una explicación razonable a ese olor espantoso hasta que éste se volvió a repetir. Federico vio cómo en un instante se rompía con la facilidad de un cristal, la explicación del cansancio y la falta de sueño. Algo atroz invadía las alcantarillas, los caños, los ventiletes, agitaba la horrible y misteriosa vida cloacal de la ciudad. Trepaba, se retorcía, babeaba y despedía un nauseabundo olor que lo llevó a los límites de la resistencia, lo atoró de náuseas, le provocó un vahído del que no podía salir. Seguido de un desmayo del que se recobró para caer en otro y en otro y en otro más. En algún intervalo de su lucidez se le ocurrió pensar en si no había –por casualidad– tomado alguna anfetamina, si por ventura no había comido pescado en mal estado o alguna otra futileza incongruente. Pero para su desdicha nada de eso había sucedido, y allí estaba, doblado en dos el cuerpo, agarrándose violentamente el estómago, víctima de una arcada que ya llevaba como veinte minutos de duración. No derramó ningún líquido, no salió nada de adentro suyo, ni siquiera expelió ese olor espantoso, indefinible, que se había apoderado de él. Como ya se dijo, Federico era hijo del primer matrimonio de Bienamado, serio candidato a la medalla de oro –o cuando menos al diploma de honor–, simpático, extravertido, sin problemas de ninguna especie, no pudo nunca establecer la verdadera naturaleza de ese detestable hedor. Ni reconocer en él algo de familiar, o que al menos pudiera relacionarlo con cosa parecida. Eso por un lado, por el otro, no se dio cuenta de dónde provenía, ni siquiera de qué zona, territorio, etc. etc… Un profundo misterio aún sin develar. * Margarita era la mayor aunque apenas le llevaba un año a María, que tenía diecisiete. También estaba Josefina –que era más pequeña que María– ambas hijas del segundo matrimonio de Bienamado. Las tres se hallaban en la habitación de Margarita –hija de Compañera– conversando sobre la nueva decoración que quería proyectar ésta para su cuarto. – El cartel de Alain Delon lo tenés desde hace tres años, decía Josefina. – Pero es lo único que no pienso cambiar. Creo que voy a pintar todo de rosa menos los marcos de las puertas, y el placard, que van a ser blanco brillante. – Me parece lindísimo, dijo María, que siempre se mostraba entusiasmada con las ideas de los otros. – O si no verde pistache, intervino Josefina que tenía siempre una idea a flor de labios. – Puede ser, accedió Margarita. – ¿Por qué no ponemos otro disco?, preguntó María. – Bueno, replicó Margarita, mientras colocaba una grabación de los "Beach Boys" en el aparato. Oyeron unos cuantos compases e intempestivamente Margarita interrumpió: – ¿Por qué las mujeres somos tan frívolas? – No somos. Nos hacen así. Es la cultura, agregó Josefina, que prácticamente lo sabía todo. María sacó un cigarrillo de su paquete y lo prendió. Convidó con otro a Margarita que lo encendió apresurada. – Mierda, masculló Margarita. – Me parece que te pasa algo, dijo Josefina, haciendo una alusión velada a algún asunto sentimental. Margarita despidió una fuerte bocanada de humo y repitió con rabia: – Mierda. Josefina prendió también un cigarrillo. Y las tres se fueron poco a poco relajando, al compás de la música y llenando de humo la habitación. Las tres chicas vivían juntas, con Bienamado y Compañera. Bienamado había tenido tres hijos de su segundo matrimonio; estas dos chicas (María y Josefina) y un hijo menor, Félix, que había nacido pese a que su madre muriera en el parto. Cuando Bienamado casó con Compañera, estos chicos anteriormente nombrados, más otro llamado Lucas (17), hijo de Compañera, comenzaron a vivir juntos y se trataban como hermanos. Margarita seguía el ritmo de la música con las manos y el cuerpo. Comenzó a bailar un poco. Por ahí dejó escapar un ¡yea! – Mejor es "yea" que mierda, recogió al vuelo Josefina que era una metida. María miraba distraídamente el humo de su cigarrillo. * Luciano y el padre Luis se volvieron a encontrar hacia el final de la semana. Se había establecido entre ellos una corriente de franca simpatía. Como el sacerdote estaba de paso en la ciudad, la reunión se llevó a cabo en las oficinas que Luciano tenía en Nueva Comunicación. El joven estaba mostrando en ese momento a Luis, algunos de los programas de televisión que la empresa tenía en el aire. – Como te podrás dar cuenta es poco lo que hacemos comparado con todo lo que tendríamos que hacer. Pero así y todo es un esfuerzo serio, dada la precariedad del medio, estaba diciendo Luciano. Y no creás, se corrigió, esto que vamos a ver ahora tiene bastante buen nivel. Terminando de hablar dio orden de pasar un ciclo de teleteatro. – Aunque te parezca curioso, creo que es en este género donde hemos conseguido mejor que en ningún otro nuestros propósitos. Anteriormente habían proyectado dos espectáculos musicales de buena calidad, mechados con comentarios periodísticos y actualidades, sostenidos por un sentido del humor aceptablemente fino, que era el que daba en definitiva, la tónica a esos programas. Luego habían visto una tanda de dibujos animados, breve, concisa, brillante y biliosa, que se pasaba todos los días durante dos minutos y que a juicio de Luciano era buena aunque un poco intelectual. – De aquí a un par de años seguramente ya habrá perdido ese carácter y entonces será el momento de trabajar de lleno en ella, había sido su comentario. En realidad Luciano era un crítico demasiado severo para sus producciones, meditaba Luis, al que le habían gustado los programas; en particular el del dibujo animado, del cual –luego vino a enterarse– era Luciano el guionista. Los teleteatros que vieron a continuación, consistían en distintos episodios de veintitrés minutos, que se propalaban diariamente menos sábados y domingos. Básicamente eran historias de amor. Pero estaban narradas con un montaje rápido y ágil, que hacía que se olvidara la anécdota de la historia central, para dar lugar a la psicología de los personajes y sobre todo a la acción que en ese momento se estaba relatando. Esto confería una gran espontaneidad y frescura al todo y hacía que pudieran lucirse los actores. Y pese a que la acción estaba situada en interiores se destacaba un constante brillo visual. Resultaba más atractiva por la forma en que había sido dirigida, o mejor, por lo que estaba constantemente sucediendo, que por el relato general en sí. Esto hacía que la dirección siguiera este lineamiento, este ritmo, y tuviera por tanto mucha importancia. Así pues, la anécdota total quedaba desdibujada. Pero sólo aparentemente. Pues la historieta –para llamarla de algún modo– que sucedía en ese momento, no hacía otra cosa que dar el tono general del todo. Lo completaba. Y más aún, era en sí el todo, de la misma manera en que probablemente una célula sea todo un hombre o todo el universo. Sin embargo, este ciclo respetaba las características del género en forma integral. De pronto las escenas se hacían de gran guiñol, con profusión de besos, llantos, odios y venganzas. Y hasta ciegos y paralíticos. Momentos estos en que Luciano –como espectador de esa proyección– se retorcía de risa en su butaca. Risa contagiosa, que también alcanzaba a Luis, pero que en determinado momento se exageraba demasiado –hasta trocarse en lágrimas y espasmos–, cosas propias de Luciano que acaso quisiesen decir algo diferente, que tuvieran otro sentido más oculto, así como el ciclo que estaban presenciando. Detalles que por supuesto no se le habían escapado a Luis, el cual sintió, por estas circunstancias, una afinidad grande entre Luciano y Bienamado. Algo subyacente que explicaba la predilección de Bienamado por el hijo mayor de Compañera. * Caía la tarde. Después de un buen té (se habían pasado casi cinco horas mirando programas de televisión), ya con menos fatiga y un poco más de tranquilidad, comenzaron a hablar en el escritorio de Luciano. Luis, del que estamos hablando y del que ya hemos dicho algo anteriormente, no sólo había sido amigo de Bienamado en la infancia, sino también del padre de Luciano, primer marido de Compañera, llamado Alberto. Casualmente el día anterior Luis había estado con Alberto. Y decimos casualmente porque era poco lo que la gente lo veía –inclusive sus hijos– puesto que vivía casi completamente aislado, encerrado entre las paredes de su biblioteca, protegido por parvas de libros, amurallado por el halo de música que despedían sus discos, oculto por la barrera de su egoísmo, al que auxiliaba la morfina. De vez en cuando sus hijos lo visitaban, sólo para encontrarse con un anciano de apenas cincuenta años, ciego, sordo y mudo para todo aquello que no hubiese visto en su niñez. O para ser más precisos: que sus padres no hubieran conocido a fines del siglo pasado o a comienzos del veinte. A veces iba a lo de sus abogados o hacia algún otro sitio relacionado con el cobro de sus rentas. Otras veces, intentaba algunos paseos conducentes a absorber el flojo sol del invierno. En ocasiones había tenido que tomar el camino de las clínicas para poder desintoxicarse. El padre Luis estaba hablando con todo cariño de este hombre al que había conocido con características radicalmente diferentes. De joven, si bien algo tímido, había sido brillante y vivaz. Esa misma timidez le había dado una audacia que inclusive habían envidiado sus amigos. Fue esa audacia la que le dio muchos triunfos siendo muy joven, e inclusive el amor de Compañera, e igualmente la que lo llevó a acercarse a las drogas, a las cuales toleró bien durante unos años, produciéndole luego una cierta insensibilidad generalizada que luego se agudizó, para más tarde convertirse en total indiferencia, que hoy en día era su forma aceptada de vida. – Está muerto. No quiere vivir. Quiere estar así. Peor que muerto dijo Luciano. A Luis le corrió un escalofrío por la espalda pues el día anterior había oído esas mismas palabras pronunciadas sin amargura, sin autocompasión de labios del mismo padre de su interlocutor. Para cambiar de tema llevó la conversación hacia algo que por otro lado le interesaba: – ¿Sabés una cosa Luciano? – ¿De qué se trata? – He recibido una carta de mis superiores. – No me digás que ya te han dado otro destino. – Bueno, ya hace un tiempo que estoy en Buenos Aires y según parece aún puedo quedarme un poco más para disfrutar de mi madre. Y de todos ustedes, agregó. – ¿Y después? – Dentro de tres meses tengo que estar en Biafra. – ¿En Biafra?, preguntó Luciano espantado. – Oye chico, no es para tanto. Estoy encantado con el destino. Aunque, ¿qué puede hacer un solo ser contra toda la injusticia, contra toda la miseria? – ¡Con razón es que hacés tan buenas migas con Bienamado!, le dijo saliendo de su ensimismamiento Luciano, y pensando que de esta manera podía disimular un poco mejor el estupor que le había causado tamaña noticia. – ¿Por qué?, sonrió el padre Luis. – Solamente un hombre que es capaz de irse a Biafra en la actualidad, en las condiciones en que te vas y con la función que tenés, puede seguramente interesarle al Bienamado. – Vamos, vamos. – Conociendo además la antipatía que le despierta la Iglesia. – ¿Le despierta antipatía la Iglesia? – Pienso que sí…, se distrajo Luciano, y más concentrado agregó: a los que no puede ver son a los curas. – ¡Qué contradictorio!, exclamó Luis riendo, sin reparar en que él era también contradictorio, en que la vida era contradictoria, en que Dios mismo –a Dios gracias– era contradictorio y que en esa contradicción siempre presente residía una de las grandes claves de todas las cosas. ¡Alabado sea! Y así concluyó Luciano con la elipsis de su pensamiento, compartido con otros integrantes de la Organización. * Después de varios días de haber bajado a Buenos Aires recién pudo Enrique juntarse con su hermano Miguel, en razón del intenso trabajo de ambos. Enrique ya había visto a los demás miembros de su familia y a los de Compañera –incluyendo a la misma– pero no al hermano que le seguía inmediatamente en edad, por lo que resolvieron citarse a almorzar en un restaurante del centro. Comenzaron pidiendo ostras. Repitieron. Cuando llegó el "curry" de pollo que encargó Enrique y el cordero con salsa de menta de Miguel, habían perdido parte del hambre. – Es demasiado trabajo, se quejaba Miguel, demasiadas cosas que manejar, entretejer, cambiar y decidir. Era raro que Miguel se quejara y seguramente se permitía hacerlo por estar a solas con su hermano, en el que confiaba plenamente. Asimismo era raro que Miguel se franqueara con alguien, pese a ser simpatiquísimo. Porque en su interior siempre estaba a la defensiva. Y no sólo por la modalidad de su carácter, sino por el rol que tenía que desempeñar en el Banco, en la Empresa, en la vida. – Estoy sobrecargado de responsabilidades, agregó. – Es curioso, observó Enrique, noto una especie de cansancio generalizado en todos ustedes. – Lo que pasa es que estamos en plena evolución. Seguimos en constante expansión y cambio. Todos los días hay algo nuevo, casi siempre demasiado grande y complicado para resolver. – No me refiero a la Empresa ni a papá, explicó Enrique. – ¿A quién, entonces? – A vos y a Juan. Y también a Federico. – Desgraciadamente nos vemos poco. – Una especie de cansancio generalizado. – En lo que a mí respecta, es perfectamente cierto, afirmó Miguel terminando de comer. Se sirvió un vaso de agua mineral y lo bebió de un trago. Y continuó: – Además, estoy pasando un período de crisis emocional muy grande. Papá hace demasiadas cosas, a las que hay que darles forma, ponerlas en funcionamiento y continuarlas. Muchas de ellas adquieren vida propia. Tienen problemas inherentes a sí mismas. Hay que afrontarlos, resolverlos, gobernarlos. Yo, como abogado de la Empresa, tengo diariamente diez o quince asuntos que tratar. Debo transar, amenazar, presionar, reunir, repartir, considerar, dar y recibir explicaciones, dar y repartir a secas, intimar, intimidar y conjugar cualquier otro verbo que se te ocurra, no me resulta difícil, pero creo que a esta altura del año estoy un poco fatigado. Me parece que pongo demasiado de mí en todo eso. Me divierte, me distrae, pero en el fondo hay algo de pérdida de tiempo. Cada vez gano más plata, pero paulatinamente siento como si hubiera comenzado a desequilibrarme emocionalmente. – No sabía nada, comentó lacónicamente Enrique. – Cómo podrías saberlo si jamás nos vemos. Además es bastante nuevo, probablemente un estado pasajero. Si no hubiera sido por la Organización no sé adónde hubiera ido a parar. – ¿Cómo?, preguntó asombrado Enrique. ¿Entraste en la Organización? – Sí, sí…, se apresuró Miguel a responder, yo mucha pelota no les daba, pero llegó un momento en que acumulé tanta tensión que tuve que ir a ver a un médico. Este me hizo una pésima impresión y unos amigos me recomendaron otro. Era un grotesco. Todo esto en cuatro o cinco meses y al fin me decidí a ir a una de las reuniones de la célebre Organización pues la tensión cada vez iba en aumento. Desconfiaba como loco, aunque dentro mío sabía que iba a hallar allí la solución. Fui, pues, a la reunión. No entendí bien de qué se trataba y volví a ir. Todo era confuso, comprendía las palabras, acaso los conceptos, pero no les relacionaba conmigo, no veía que tenían que ver con mi creciente tensión. Hizo una pausa y agregó: – Sigo yendo. Me hace muchísimo bien. Todavía no me doy cuenta en qué consiste la bondad del sistema, o de qué manera influye en mí. Siento algo indefinible. Un bienestar completo de orden práctico que me hace ver las cosas con mayor objetividad, que me alivia de una cantidad de pesos que cargaba sobre mis espaldas. Mientras elegían los postres Miguel finalizó: – Estoy un poco cansado nada más. Pero es pasajero. Me quejaba de puro cansado, creo. Esta conversación me ha hecho mucho bien, me parece que estoy mejor que nunca. ¿Las crepas flameadas son inevitables, no? * Miguel y el Secretario se reunieron en el Banco, como solían hacerlo una vez a la semana y donde ellos tenían sus escritorios y desplegaban su actividad. El Secretario, con su pulcro y mesurado aspecto, manejaba desde este despacho, lujoso y dotado de la automatización necesaria para sus fines, lo concerniente a la Empresa, particularmente lo tocante a la comercialización y administración de la misma. Si bien era Bienamado la cabeza visible de este imperio y Trueno la eminencia gris –que tejía y destejía complicadas urdimbres en relación directa con Bienamado–, sobre el Secretario recaía la responsabilidad, la concreción de tan audaces como complicados planes. Miguel, desde muy chico, había sido adiestrado en esos menesteres. Y venía a ser una especie de consejero y asesor de Secretario. Inclusive, ambos tomaban resoluciones referidas al Banco o a la Empresa sin necesidad de consultar a Bienamado y menos aún a Trueno, que sin embargo y pese a su aparente indiferencia o desvinculación con las normas de tipo administrativo, estaba perfectamente al tanto de los detalles que se cocinaban por debajo de sus delirios. Entre Trueno y Secretario había existido desde siempre una sorda pica, probablemente originada en la diferencia de caracteres y en la forma de proceder de cada uno. Estas dos personalidades sólo podían coexistir bajo la tutela de Bienamado, que en los primeros tiempos no hizo otra cosa que echar bálsamo sobre ellos, hasta que de un modo natural las diferencias se obviaron por el simple procedimiento de ignorarse mutuamente. Hasta el momento en que por razones prácticas debían darse por enterados el uno de la presencia del otro, situación ésta, en la que ambos, apelando a lo mejor de su equilibrio y su temperancia, lograban que los intereses y las situaciones particulares no primasen sobre los intereses y situaciones de la Empresa y la Organización. Es curioso destacar, que si bien Trueno había sido uno de los inspiradores de la Organización (léase nueva espiritualidad), no participaba en forma directa de las reuniones de la misma. Polo opuesto al Secretario, el cual era un verdadero activista y se había transformado en uno de sus pilares. Con la Empresa sucedía otro tanto, pues si bien Trueno seguía trabajando y produciendo para la misma (¡sólo Dios sabía en qué forma!), era el Secretario el que evacuaba las consultas, el que resolvía muchísimos problemas y dificultades, cabeza visible de muchas sociedades. Secretario, siempre eficaz, tenía una respuesta para todo y se preocupaba de tapar agujeros, prever salidas, realizar estudios pragmáticos. Trueno, todo un intuitivo (y un desaforado), tenía las mismas condiciones (y por supuesto muchas más) que Secretario. Pero simplemente odiaba la codificación sistemática de este hombre, ¡es un hijo de puta!, se lo oía vociferar. Todo planchado y almidonado diciendo okey. ¡Setenta y dos trajes, ciento cincuenta camisas, mil quinientos portafolios! Pelo nevado (aludiendo a las canas de Secretario, como si ellas fueran un símbolo de maldad intrínseca). Miguel y Secretario, después de haberse pasado más de tres horas considerando asuntos delicados, pidieron un refrigerio y se pusieron a conversar, mejor dicho, fue Miguel el que interrumpió la tarea pues era difícil sacar a Secretario de sus actividades. Miguel seguía nervioso, excitado, fuera de caja. Quiso hablar con este hombre y fue directo al grano: – ¿A vos te parece que todo esto que hacemos nos lleva definitivamente a algo?, preguntó. El Secretario sin evadir la respuesta o tratar de que Miguel la ampliase o especificase a qué se refería en concreto, le contestó: – Por supuesto. Si no, no estaría yo aquí. – ¿Vos creés que en un país subdesarrollado como el nuestro puede caber la amplitud de miras que nos hemos propuesto? Por un lado, modificar la estructura social con las armas del Capitalismo Industrial –que hoy para las naciones más avanzadas es un vejestorio–, por el otro, provocar una verdadera revolución con nuestro programa llamado espiritual ¿no te parece un poco utópico? – Nuestro destino como Nación en vías de desarrollo está ya dado por razones de tipo muy complejo, científicas y técnicas, que tú conoces. Y que quizás no podamos modificar. Debemos pues aceptarlas. Pero podemos influir en el hecho mismo de admitirlas. Es decir: cambiar en nosotros los conceptos necesarios para enfrentarnos con una dura realidad. Y a partir de allí, reconociendo nuestra impotencia en este sentido, trenzar las redes que nos permitan –llegado el momento– modificar todo lo que es posible modificar. Sin hesitar, continuó: – Por otra parte, la revolución espiritual es individual y las bases para ella están echadas, siempre que comience cada cual a efectuarla dentro suyo, en sí mismo. Con lo que quiero decirte que aunque sólo fuera por mí, por mi salud y bienestar espiritual, yo seguiría trabajando en esto hasta mi muerte. Y hay algo más: casi todas las grandes religiones han tendido hacia esto. Tomando un resuello, prosiguió: – Lo nuestro quizás sea un refrito actualizado de algo que probablemente sea lo mejor del espíritu humano. Y con un brillo frío en sus ojos acerados de expresión siempre (demasiado) bondadosa agregó: – Hemos modificado mucho, Miguel. Nuestra revolución no es vana. De aquí a treinta años contrariando los pronósticos de los técnicos, Argentina, gracias a nosotros será una gran potencia mundial. Y lo que es más, exclamó, haciendo un gesto completamente reñido con la serenidad de su porte que lo llevó a derramar el contenido de un vaso (hidroazaña), y lo que es más, repitió, es que todo ese caudal de conocimientos, todo ese bagaje de información científica y posibilidad de aplicación técnica, estará regido por una filosofía humanística que producirá confort anímico y prosperidad económica. Por primera vez el hombre podrá ser el hermano del hombre, no su verdugo. La manija la tendremos nosotros y no los explotadores de siempre, terminó excitado empleando un lenguaje que no coincidía con su continente pulcramente trabajado. – O si no, murmuró Miguel, que había seguido atentamente el inusitado discurso de Secretario mirando una llovizna penetrante y fría a través de la ventana, no se comprenderá que el hombre, todo esto… está completamente mal hecho, un disparate, y el ser humano una máquina de sufrimiento. * Trueno se había puesto uno de sus mejores trajes azules y pese a que la temperatura fuera de su casa era bajísima y aún no habían llegado sus invitados, transpiraba en forma copiosa. Se movía de un lado a otro, arreglando los detalles en la cocina y con la servidumbre, atendiendo a los pocos huéspedes que habían arribado, moviéndose constantemente, desplegando una actividad extrema, dando órdenes, armando corrillos, ofreciendo sonrisas y vasos de whisky y cigarrillos, mientras su mujer terminaba de arreglarse en el piso de arriba. Al poco tiempo ésta bajó y pudo tranquilizar a su marido, que entonces se dedicó de lleno a lo relacionado con la música. Trueno poseía cualquier cantidad de aparatos receptores, emisoras, grabadores y mezcladores de sonido, así como una vastísima discoteca. Y ordenaba poner al disk jokey, como siempre que iba gente a su casa, una y otra grabación antes de que finalizase la precedente, entusiasmado y ansioso como un chico, deseando que sus invitados gustasen en pocos minutos (segundos) lo que él había atesorado con tanta paciencia y esmero. Sin embargo, la fiesta que ofrecía ese día escapaba al orden de la intimidad, pues iban a invadir su casa alrededor de doscientas personas y no todas ellas tenían mucho que ver entre sí. Casi los primeros en llegar habían sido los militares y sus mujeres, motivo que molestó a Trueno ya que la propia había vuelto a subir pues se le había corrido el maquillaje. Sorteó el paso con habilidad, haciéndoles conocer parte de sus colecciones de cuadros y porcelanas deleitándolos en particular con dos baños que tenía en planta baja, dotados de la más moderna artesanía sanitaria (baño turco y sauna, ducha escocesa y piletas y fuentes de acrílico). Salas de baños que le habían costado una fortuna y que hoy devengaban sus intereses, en la plena ostentación que hacía de las instalaciones ante las boquiabiertas señoras de los generales, capitanes y comodoros, a las que se habían sumado las esposas de los políticos y alguna que otra ministra o subsecretaria, sin contar las cortesanas y las solteras, las viudas y las vírgenes, que eran las menos. Cuando su mujer, por fin, descendió del último peldaño de la escalera ya había bastante gente en los salones y algunas tiaras de brillantes se mezclaban con polleras muy cortas o muy largas y varios uniformes. Un grupo numeroso de jóvenes se codeaba con algún miembro de la cancillería que había considerado correcto concurrir de etiqueta. Fugazmente se lo vio cruzar a Decrépito con un vaso de naranjada en la mano, tropezando continuamente, como si el mundo se derribase para él a cada instante, como si ese piso alfombrado tuviese demasiados pliegues y arrugas. Esta especie de caminata espacial (lunar) llevó a Decrépito –que portaba oculto un bacín portátil a efectos de su incontinencia– a donde se hallaba Compañera, que había hecho una entrada veloz, junto con Bienamado, la cual estaba dando en ese momento su abrigo a una mucama. Con una sincronización de movimientos casi perfecta, Decrépito cogió en el aire una de las manos de Compañera, lo cual hizo que recuperara momentáneamente el equilibrio, y le impidiera caer y estampó en ella un beso gentil. Compañera se sorprendió, durante un segundo, de esta rapidísima acción. Y dándose cuenta de que era Decrépito el que había tomado su mano –salvando de esa manera la vida–, se estrechó en un profundo abrazo con el anciano, que produjo tal crujir de huesos y cartílagos, que alguien que estuviese cerca hubiera pensado en un vulgar asesinato, de no mediar una información acerca de los conocimientos yogas y traumatológicos de Compañera, gracias a los cuales Decrépito pasó una agradable velada, al haberle sido reordenada correctamente su estructura ósea. Bienamado hablaba con un joven muy locuaz, del tipo de los "brillantes" y cualquiera –menos el mismo joven– podía adivinar que estaba aburrido. Llegó Trueno (valga la figura) como un rayo y lo salvó llevándolo hacia un rincón, debajo de la escalera. Allí cambiaron unas palabras, hasta que se les acercó un grupo de caballeros, que no podían disimular su condición de soldados pese a vestir de civil. Los jóvenes habían hecho una especie de rancho aparte y aparentemente alternaban con mayor facilidad que los mayores, lo que hizo pensar a Juan (hijo de Bienamado), que la comunicación se hacía más espontánea cuando había poco o nada que decir, aunque puede ser lo contrario, meditó sin pretender encontrar solución a este dilema. La fiesta se había puesto animada y vocinglera y sólo los primeros platos de comida trajeron un poco de calma. – Una cena a la americana, se oyó decir a la señora de un diputado. En tanto, Miguel y Luciano se habían agenciado un par de chicas monísimas y estaban viendo la posibilidad de ir a bailar más tarde. Margarita y María habían arreglado programa por su lado, "para no estar más en clan", argumentaron. Las peluqueras y peluqueros habían tenido esa tarde mucho trabajo con los invitados. El padre Luis tuvo que viajar esa noche a La Plata y no pudo aceptar la invitación. A Luciano le parecía que si repetía un poco más de esa mousse sería posible que le cayera mal. Consultó ese evento con un filipino que estaba a su lado: – Allá en mi tierra nada cae mal. Es por el clima, fue la respuesta. Marta, aquella señorita tan circunspecta de la Organización, se había ablandado bastante gracias a alguna copa bienhechora y conversaba animadamente con Enrique. Parece que la conversación giraba alrededor del tiro a la paloma. Trueno recorría las habitaciones socorrido por algún mucamo, mientras su mujer hacía lo propio, pero con mayor delicadeza. Federico, el hijo de Bienamado, encendió un habano. Era un riquísimo cigarro y lo estaba disfrutando. Su hermano Juan se le acercó: – Este Trueno es un maestro, dijo. – Un genio, convino Federico. – El creador, ejecutor y principal intérprete… – Del caos planificado, terminó Federico. * Antes de concurrir esa noche a la fiesta en lo de Trueno, Bienamado había tenido un día muy movido. Una reunión sobre nuevos planes de seguro y de ahorro y préstamo. A la que siguió una apasionada y minuciosa conversación con dos grupos financieros, con el fin de crear un nuevo Banco, denominado de la Construcción. Las intenciones de Bienamado (que los otros no necesariamente compartían, aunque no dejaban de interesarse vivamente por el negocio) estaban encaminadas a solucionar el problema de la vivienda, erradicar villas de emergencia y a hacer hincapié en todo lo que fueran urbanizaciones de interés social. El Bienamado tenía verdadera urgencia en dar forma a este nuevo Banco pues necesitaba de las operaciones financieras de otros grupos de capital para su proyecto de la Ciudad de los Sauces, que según los planes de Arquitecto era en parte subterránea y venía a solucionar como ciudad satélite el acuciante problema de la vivienda. Por eso es que Bienamado estaba tan interesado en formar este Banco de la Construcción, que colaboraría con capitales nacionales, junto a la Empresa, en la financiación del proyecto. * Casi al finalizar la tarde apareció el Arquitecto a ver a Bienamado. – Te esperaba antes, le dijo éste. El Arquitecto, parado en medio de la habitación con las piernas abiertas, elevó los brazos al cielo y exclamó: – ¡Salve sol! ¡La Ciudad de los Sauces en medio de la Pampa! Bienamado que estaba bastante nervioso por la agitación de su día de trabajo y sobre todo por las últimas conversaciones sobre los nuevos proyectos, que también atañían ¡y de qué manera! al Arquitecto, se fastidió visiblemente al observar que éste tenía puesta una peluca rubia, enteramente poblada de rulos. – ¡Gran puta!, maldijo. El Arquitecto le hizo un guiño y sonrió. – Produce su impacto, ¿eh? A continuación Bienamado expuso en qué andaban las negociaciones respecto a la Ciudad satélite y el Arquitecto oyó atentamente. Una vez que Bienamado dio por finalizada su explicación, Arquitecto le palmeó la espalda. – Trabaje amigo, trabaje, dijo fríamente, yo estoy en lo mío. E hinchando con aire sus pulmones adoptaba las posturas de un boxeador. Luego dejó escapar lentamente: – ¡La Ciudad de los Sauces en medio de la Pampa!, mientras levantaba los brazos y la mirada al cielo. * A Margarita, algo de la fiesta de la noche anterior en casa de Trueno, se le había anímicamente atragantado. En realidad cada vez que salía o iba a una fiesta le sucedía algo semejante. Se levantó a eso de las once y media de la mañana de ese sábado, y se encontró con que no había casi nadie en la casa. No tardarían en llegar, pues lo convenido era almorzar esa tarde en el Tigre. Allí se reunirían ella, María y Josefina con algunos chicos amigos que habían invitado. Viajarían en el coche de la Compañera; y Bienamado, que había salido a jugar golf como casi todos los sábados con Secretario, también estaría allí, al igual que algunos de sus hermanos. El objetivo del viaje, pese a que el tiempo no era bueno había sido calculado en base a la intriga despertada en los jóvenes por las últimas reformas que había llevado a cabo Compañera –y más ocultamente la necesidad de estar juntos– pues aunque compartían muchas cosas en común no llevaban una vida que se pudiera definir como familiar, ya fuera por el poco tiempo de que disponían muchos de ellos, o por la diversificación de oficios y actividades, sin contar el número de miembros de tan larga e intrincada familia. Pero Margarita no estaba conforme. Poseía pocos elementos para poder manifestar su disenso, o tender hacia la rebeldía, pues se la había dotado de un buen bagaje de conocimientos y experiencias desde chica, sin ocultarle nada, ofreciéndole, otorgándole una constante libertad. ¡Pero ahí estaba la cosa! Margarita había descubierto en un instante la raíz de sus problemas. Sin la ayuda de ningún psicoanalista ni alguien tan medianamente peligroso, se había dado cuenta de pronto ¡es claro!, que los conocimientos le habían sido enseñados, la experiencia dada (nadie experimenta en cabeza ajena) y la libertad otorgada. Al fin y al cabo se vio víctima de un ordenamiento burgués que le había sido impuesto, que ella no había elegido y al que se había sumado ¡y ahí estaba la equivocación del asunto! Descubierta esa patraña, golpeó las puertas de su habitación y el baño, se tiró sobre la cama y lloró convulsivamente abrazada a la almohada. Al cabo de un rato logró serenarse pero se sentía completamente impotente. Sin armas, sin defensas, sin conocimientos que fueran realmente propios. Con mucha rabia, se propuso encontrarse a sí misma, con ese ímpetu candoroso y ardiente que presta la juventud. En ese momento sabía y no sabía que una de las cosas que más hacen sufrir al ser humano es la ignorancia. * – Bajando del Monte a donde me llevaron mis pensamientos, yo, el Arquitecto, he meditado una Nueva Religión Cósmica para la Humanidad Entera, le dijo Arquitecto a Bienamado. Bienamado dejó que el papel impreso que le entregara Arquitecto, donde se hallaba el texto de los Mandamientos se deslizara sobre su escritorio. Bienamado pensó en la energía. En la fuerza de la generación que él, en su distracción, no valoraba en la justa medida. Meditó largamente en problemas más concretos. Al fundar la Organización, había montado sus Empresas para darle una infraestructura a ésta. Ahora veía que sus negocios tendientes a modificar una situación social, se quedaban un poco en la forma. Acaso sus intervenciones (las de sus negocios en el ámbito social) fuesen muy sutiles, pero poco radicales, aunque seguramente era ése el camino. Quizás, acciones más directas –en un mundo acostumbrado al estímulo inmediato– fuesen más efectivas desde el punto de vista de la praxis. Pero no, no podía sacrificar repentinamente su pensamiento en aras de la velocidad. No podía tirarlo todo por la borda para jugar el mismo juego que pensaba cambiar. Presumió que la posesión de un diario, de una cadena de revistas, podía ser un factor acelerado de poder. Siempre se había negado a una solución tan simple como efectiva. En su misma efectividad radicaba su poder. ¿No estaría "esnobiando" a la política por un problema personal, directamente relacionado con su orgullo? Antaño había tomado una posición parecida con respecto a la economía y en particular con el dinero. ¿No estaría ahora haciendo lo mismo con estos medios y factores de poder? Negándolos, para no verlos en su justa medida. Recogió algunos papeles y salió hacia su casa. Tenía que afeitarse, bañarse, cambiarse, conversar de todo esto con Compañera y luego asistir al Teatro Colón. * El espejo reflejaba una imagen casi atroz. Dos bolsas colgaban debajo de los ojos, innumerables arrugas prolongaban la línea de los labios y se extendían hacia abajo, hacia una barbilla que debió haber sido suave, pero que hoy, redondeada por una breve capa de grasa, le daba la forma de una bola que se continuaba en el extremo peligro de una doble papada, insinuada, pero existente. A Compañera le dolía la cabeza, tenía una puntada en el hígado, estaba envuelta en una náusea generalizada. Un sentimiento doble y contradictorio, diarreico y de constipación, la acorralaba en una mustia desesperanza, un vértigo profundo de melancolía y depresión. En ese estado de ánimo, lo único que podía ver frente a ella y a su alrededor, arriba y abajo de su figura, eran paredes y muros herméticos, habitaciones sin salida cuya atmósfera era irrespirable. Cubículos opresivos, claustrofobias que desaparecían momentáneamente para dar paso a otras más intensificadas, que no hacían otra cosa que multiplicar y mantener constante esta angustia, con el solo fin de que el sufrimiento pudiera prolongarse sin solución de continuidad, en una especie de suplicio chino que ella se infligía, utilizando como pretexto el espejo (lo que ella quería ver en ese espejo) y varias tazas de café que había tomado durante el día, pese a la prohibición médica existente sobre esa pócima, sobre ese veneno cotidiano. Sabía más que nunca que ella era un engaño. Que no aceptaba ni enfrentaba sus responsabilidades. Mala esposa, mala madre, fallando siempre como ser humano, no pudiendo lograr lo que íntimamente deseaba, se compadecía sin ningún escrúpulo. Aprovechando al máximo la justificación que le ofrecía la precariedad del estado momentáneo de su salud, y el deterioro, mínimo, irremediable, de su físico ya que se consideraba una persona eminentemente narcisista, como debía corresponder, por supuesto, a un ser de su sexo, educación y clase social. Compañera tenía ideas fijas, verdaderas obsesiones. Durante una hora de la tarde de ese día, se había arrancado meticulosamente y sin piedad los pellejos del dedo pulgar del pie, logrando producirse una infección en esa extremidad ahora morada y voluminosa. Al mismo tiempo, disecaba pensamientos relativos a la inferioridad de la mujer (de ella), en una sociedad que había arrancado a los maridos de los hogares llevándolos a las oficinas, los comercios y las fábricas, lugares en donde a las mujeres les era tremendamente difícil competir y menos aún sobresalir. A medida que aumentaba su ofuscación, alimentada por la furia, con evidente perjuicio del dedo gordo, la obsesión la llevaba a una terrible frustración como mujer, sensación de inferioridad que la desubicaba en su rol, la convertía en víctima y al par hacía que naciese en ella un ansia vehemente de dominación, una obnubilación de poder supremo y súbito, una verdadera necesidad de mando y dictadura, un matriarcado privado y público, una ansia de ser obedecida, aplaudida y amada como nadie. De tener, de poseer cosas fuera de todo orden y medida. De humillar, de vejar, de herir y ofender. Castigar y ser adulada. Repartir, limitar. Dar y negar. Se miraba en el espejo de su tocador. Se sentía vieja, inútil, fea, y a la suma de sus dolores hepáticos y jaquecas, se agregaba ahora el vivo malestar en el dedo del pie. Al observarlo, no pudo dejar de compararlo con un lobo marino muerto, en estado de putrefacción arrastrado por el mar hacia la playa. * Bienamado estaba un poco temático consigo mismo. Se exigía demasiado, se proponía demasiado. En esos días experimentaba fuertes dudas y temores, sacudimientos de estructura (un motor Torino dentro de la carrocería de un Fiat 600, había dicho una vez de él Federico). Eso era lo que pensaba en este momento Bienamado, en ese domingo lluvioso del Tigre, después de haberse deprimido considerablemente a raíz de un diálogo con Compañera –que estaba inaguantable–, que lo había llenado de impotencia e inseguridad. La verdad es que en esos instantes se sentía harto de bastantes cosas, en particular del Banco. Hace un tiempo, se dijo, que tengo una cuestión personal con el Banco. ¡Carajo, ya sé que con él fue con lo que me levanté y etc., etc.! ¡Pero tener que prestarle plata a toda esa gente de mierda! ¡Porque yo no hice el Banco para que estos cerdos ganen millones con lo que yo les doy! ¡Para eso lo hago yo y no esos mierdas! Bienamado pensaba en particular en un trust, que tenía una sola empresa que le interesaba, una empresa química que no sólo se dedicaba a la investigación, sino que además producía materia prima de vital importancia para otras industrias y por lo tanto constituía un factor para el desarrollo del país. Pero con la química venían los molinos y con los molinos las fabricas de hilados y con los hilados los alimentos y todos esos negocios tenían derecho al crédito pues presentaban excelentes balances y el banquero debe prestar a quien no necesite imperiosamente del crédito etc., etc. ¿Por qué esta gente no habría puesto un Banco propio?, se encontró preguntándose Bienamado. En total tienen muchísimo más capital que yo, ¿por qué no habrían puesto un Banco?, pregunta, que por otra parte, ya se la había planteado una cantidad de veces respecto a esa gentuza, asaltándole siempre en esos momentos una especie de ataque momentáneo de desconfianza, tanto en sí mismo, como en los integrantes de ese trust, tan sólido como poderoso. Recordó sus comienzos con el Banco. La manera en que logró comprar éste, casi quebrado, aunque de muy buen nombre y prestigio, por poco dinero, gracias a las facilidades y préstamos que consiguió, se puede decir que por milagro, y el insospechado respaldo, que con Trueno, encontraron en el gobierno y en el Banco Central. Bienamado, hacía diecisiete años tan sólo, prácticamente carecía de dinero. Su suerte, acababa una vez más, de esquivar distintas oportunidades. En aquel entonces Trueno, que siempre había manejado sus buenos pesos, no tenía más que eso, unos pocos buenos pesos. Entonces a Bienamado se le ocurrió comprar un Banco y habló con Trueno. Y ahí estaba en realidad ese pequeño monstruo privado, cuyos ejercicios lo ponían a la cabeza de las "Instituciones de Crédito". ¡Una maldita casita de usura!, maldijo Bienamado. Pero nadie sabía, salvo sus colaboradores, pensó, el inmenso esfuerzo, la increíble cantidad de energía y de noches de insomnio, y despliegue de política y tácticas de ingenio que había tenido que invertir (con Trueno) para que esa idea se transformase en una cosa tangible y palpable. – ¡Ay!, se decía Bienamado, ¿no habré equivocado otra vez el camino? Y eso a despecho de las extensas sociedades y empresas que había fundado con posterioridad: ¡no me habré equivocado nuevamente! Y caminaba furioso por su biblioteca del Tigre, sin encontrar razones que atemperaran ese momento indecible de angustia, de momentánea obnubilación. * – ¿Te acordás del perro de Larrain? – ¿Te acordás? – Era un vecino que teníamos aquí al lado, un pintor creo, en el penúltimo piso… El perro era caniche. – Una maravilla. Todos hablaban a la vez. – Había una fiambrería en la calle Las Heras que tenía un jamón delicioso. – Un jamón virginia especial sin nada de grasa. – …que era lo único que podía comer el perro de Larrain… – …era carísimo. – Pero Larrain siempre se lo daba… – …con una doble condición… – …el desgraciado había acostumbrado al perro a comer solamente ese jamón delicioso… – …pero el perro tenía que pedirlo. – Le había enseñado a hablar… – …con un esfuerzo inaudito, retorciéndose de mil maneras, el perro podía articular un angustioso ¡papá! – …y el fiambrero se reía. Una especie de degenerado, un francés que convivía con una chica de catorce años, que también atendía el mostrador. – Larrain intercambiaba sonrisas con el francés con una feta de jamón en la mano. – …vigilaba al animal… – …hasta que el pobre perro, arrastrándose desesperado por el suelo podía articular… – …en un esfuerzo sobreperruno… – PAPA PAPA – PAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA PPPPAAAAAAPPPAPA – …entonces el francés y Larrain reían… – …y Larrain dejaba caer la feta de jamón… – …que el perro devoraba… – …¿en serio?, preguntaban las chicas. – …¿en serio?, repetían los menores. – Y allí no paraba la cosa. – ¿Por qué? – El perro sabía otra palabra… – …sin ella no terminaba el rito. – Si no la decía, Larrain le aplicaba con un bastón una descarga eléctrica al perro. – …y lo hacía muy a menudo… – …el perro una vez satisfecho su hambre no quería saber nada con Larrain… – …era lógico… – …el perro debía decir gracias… – …si no Larrain le aplicaba el choque… – GRAAAAAAAAAAAAAACCCCCCIIIIIIIIAAAAAAAAA, decía el perro a punto de vomitar el jamón virginia que era todo su alimento. – Un Pavlov este Larrain… – …los perros no hablan. Yo jamás he oído hablar a ningún perro. Y así transcurría el almuerzo en casa de Bienamado y Compañera, en las vísperas de uno de sus viajes, la familia completamente reunida. * Estaban los mismos integrantes de la vez anterior, con algún agregado y una que otra omisión… La Compañera dirigía esta vez la tenida, ya que la señora menuda y entrecana de la vez anterior había desertado juntamente con otra mujer madura, muy bien vestida, de aspecto llano y firme. Quedaban Secretario, Hombre Obeso, chica bastante joven (Marta), Decrépito, todo un Caballero y el padre Luis. Todo lo que se habló quedó bajo juramento en secreto aunque tenía que ver con sus grandes y pequeños problemas personales. * Bienamado y Compañera estaban instalados en un coche que los llevaba al aeropuerto de Ezeiza. El auto iba rápido, hábilmente manejado por Claudio, chofer de Bienamado. Tanto Bienamado como Virginia Compañera, parecían nerviosos, cansados. Bienamado veía pasar raudamente un paisaje que no le era indiferente aunque en ese momento no lo veía. Pensaba en la enorme cantidad de cosas que tenía que hacer en New York. Por otra parte estaba levemente fastidiado, pues el avión tenía que hacer escala previamente por la ciudad de Dallas (Texas) donde Compañera iba a finiquitar un negocio que había planeado. Se trataba de la venta de un enorme cargamento de muebles dorados, de los llamados "de estilo", reproducciones de muebles de época, que para principios de este siglo inundaron Argentina. Muebles franceses de quinta categoría, bronces y mármoles de muy dudoso gusto, pintores apenas mencionados en el Benezit, objetos que hicieron las delicias de las señoras de los nuevos ricos criollos que de esa manera conquistaban el Parnaso, la Cultura con C mayúscula. Era un negocio que no le gustaba del todo a Bienamado. Pero Compañera se había empeñado en llevarlo adelante aprovechando sus frecuentes visitas a las casas de remates, de las que salía llena de compras que luego atiborraba en un galpón en la quinta del Tigre. Esa era la razón de la estadía en Dallas: un inocente "hobbie" practicado a lo largo de seis o siete años, que producía ahora unos cuantos millones de ganancia, y una buena ayuda para las obras benéficas de ese ser tan espiritual e idealizado que era Compañera (ojos claros, celestes), la cual, como puede observarse, no era nada lerda para hacer "mangos". Bienamado cavilaba. Se despidieron efusivamente de los chicos, de los amigos, del bueno de Ramitos. Estarían unos pocos días afuera. – Sólo unos pocos días, repitió Compañera, que pese a la frecuencia con que viajaba, aflojaba siempre en las despedidas. Un largo abrazo, un beso… Adiós Bienamado. Adiós Compañera. * Un enorme sol declinante colgaba a fines del verano sobre la ciudad de New York. A las seis y media de la tarde, Bienamado había ido a caminar solo, por la parte Oeste de la ciudad. Salió de su casa en Gramercy Park (prefería ese barrio en que había vivido de estudiante), y tomó por la calle veintiuna, sin rumbo definido. Cruzó Park Avenue y luego Quinta Avenida y siguió siempre rumbo al oeste, encandilado por la belleza de la luz que el sol reflejaba sobre los edificios, colándose entre las esquinas, iluminando el aire, dotando al conjunto de una irrealidad particularísima. Bienamado veía las sórdidas construcciones que lo rodeaban: departamentos estrechos y mal ventilados, mugre, pequeños talleres de confección a sólo unas pocas cuadras del lugar donde vivía. Y paradójicamente volvió a sentir la belleza, lo pintoresco e infame de esa gran ciudad; una inmensa villa miseria con cuarenta o cincuenta manzanas de rascacielos. Volviendo del Oeste y acercándose ya a su departamento, varios vejetes de smoking blanco y sus inverosímiles acompañantes de sexo femenino –con ridículos sombreros llenos de flores– se le cruzaron en el camino. Le impresionaba esta "guardia vieja" más de lo que le hubiera gustado confesarse a sí mismo. Estas inocentes y animosas criaturas, estos Babbitts (y Babitas) todavía subsistían, tenían vigencia, es más, constituían la aplastante mayoría de los Estados Unidos. Y además, tanto particular como colectivamente, no se entregaban. Para nada. Salían de vacaciones con sus aparatos fotográficos y recorrían Europa y América, pero no se resignaban a desaparecer, a morir. Ojalá llegase a los setenta y pico con tanto ánimo, como esta gente, se oyó decir a sí mismo. En ese momento apareció un taxi y Bienamado se hizo conducir a Washington Square. Era una distancia relativamente corta, pero Bienamado prefería reservar sus energías de caminante para una larga recorrida del Village. Aunque sabía que ese barrio no era el mismo que había conocido treinta años atrás. Sin embargo, se decía al atravesar la plaza, el arco de Washington Square, hay algo aquí que no morirá. Un cowboy y un indio se le cruzaron. Una mujer de bastante edad, perfectamente vestida, pero con un sombrero de copa en la cabeza, pasó muy apurada. Dos chiquitos que jugaban, saltaron por encima de un hombre –presumiblemente bebido o muerto– que dormía en el piso. Bienamado, haciendo un rodeo, recordó el lugar, al lado de un farol, que un presunto violinista utilizaba desde hacía treinta años, todos los domingos, para dar su concierto. Este violinista, poniendo cara de concentración, de inspiración, se ponía a tocar a la misma hora, lloviera o nevase, sin tener la menor idea de lo que era la música o su instrumento. Encaminó sus pasos hacia Mac Dougall Street y pronto se vio absorbido por una verdadera marea humana. Consiguió una mesa en un bar y se sentó a tomar algo. El lugar estaba lleno de turistas, alguno que otro latino y muchísimos jóvenes de ambos sexos que entraban, salían, se mantenían en constante movimiento. Comenzaba a oscurecer. Bienamado se dejó llevar por el recuerdo y la nostalgia. Era una de las pocas veces en los últimos años en que había podido estar realmente solo. El mismo había buscado esos lugares para caminar y esta situación, negándose a contraer ningún compromiso para ese fin de semana. Evocó al Bienamado de treinta años atrás. Cuando en esa misma ciudad se viera abocado a tantas situaciones curiosas. Su amiga Tetas…, Bienamado sonrió, ¡las que le había hecho pasar esa Tetas! una argentina radicada allí, volvió a reír recordando el sobrenombre de su amiga, aunque en verdad aquella época no había tenido nada de graciosa. Se acordó con precisión, dolorosamente, del ataque de celos y locura que había tenido una noche en que Tetas –para variar– se había escapado con otro individuo. Esa noche Bienamado se sintió abandonado y corrió de una parte a otra de la ciudad buscando a su amiga. Llamó por teléfono, viajó en taxi de un punto a otro, sin resultado. Como cada tanto se bebía unas copas llegó a pescarse tal borrachera que olvidándose del objeto de su búsqueda primera, se pasó tres días deambulando ebrio. Calles, rostros, casas, bares, completamente confusos. Finalmente había aparecido en Rockefeller Center, eso sí lo recordaba. Subió un piso por una oscura escalera y llegó a un pasillo casi en penumbras a donde daban una cantidad de oficinas con el nombre de sus ocupantes pintado en el vidrio de la puerta. Eligió una al azar: "Agencia de Noticias Picadilly Press", decía sorpresivamente en castellano el cartel. Entró y una señorita –también en perfecto castellano– le preguntó: – ¿Qué desea, señor? – Hello honey. – I am not honey, respondió ofendida la empleada, con leve acento centroamericano. – ¿Está el señor Mefistófeles aquí? – ¿Mister Tófeles? – ¿Is mister Mefistófeles here? – ¿El señor mister Tófeles?, preguntó la señorita mientras comenzaba a arrugársele el ceño. – Yes, baby. – Usted no habla en serio, sonrió cambiando de tono la secretaria. – Déjeme besarla, se entusiasmó Bienamado. Un solo beso. Un pequeño beso en la palma de la mano, déjeme tirarle de su orejita. La muchacha alcanzó a decir: – Señor, por favor, señor ¿qué es lo que desea? Bienamado se serenó de golpe. Ni uno solo de sus músculos delataba emoción ni nada que se le pareciese. Arreglándose la corbata, con toda corrección preguntó: – ¿Está el señor Mefistófeles aquí? La chica lo miró dubitativamente unos segundos. Luego, con toda la voz de que era capaz gritó: – ¡Help, help! El Bienamado la miró a su vez. Y sin decir palabra dio media vuelta y se marchó. Un recuerdo inolvidable. Dejó tranquila a su memoria y se puso a gozar de la noche. Aspiró el mágico perfume del Nuevo Mundo, muy semejante, le pareció, al de su patria. Fugazmente pensó en que unos días después debía encontrase en Miami con Compañera para regresar a la Argentina y se levantó lentamente, emprendiendo el camino hacia su casa. * Compañera y Bienamado se habían reunido en Miami según lo convenido. Se hallaban alojados sobre la costa. Trueno había sido el responsable de la reservación de esa gigantesca suite de cinco dormitorios y una terraza de doscientos metros cuadrados, con pileta, donde en ese momento tomaban sol, rodeados de servidores. – Querido, mejor démonos un baño ahora porque dentro de un rato va a ser difícil estar aquí afuera. – Pero si son apenas las nueve de la mañana. – Solamente a Trueno se le puede ocurrir alquilar este departamento. – Creo que tiene algún negocio con los nuevos dueños del hotel… Además, fuera de temporada es difícil que este monstruo pueda alquilarse. – En realidad no se puede decir que aquí haga calor comparado con el horno infernal que era Dallas. – A mí me parece que esta humedad es bastante mortificante. – Pero Dallas era atroz; dos veces creí que iba a morir de un ataque al corazón, dos veces mientras cruzaba desde el auto refrigerado al hotel refrigerado. – Por favor, dijo el Bienamado, a un mayordomo que hacía rato estaba revoloteando alrededor de ellos, pediremos la langosta y champaña más tarde. La terraza estaba decorada en un marcado estilo azteca-hispano, con la inclusión de algunos muebles de hierro pintados de blanco y unas reposeras de corte moderno. – Estamos muy bien, muchas gracias, agregó, como en Hollywood. Adiós…adiós… – ¿Te molestaba ese hombre? – ¡Por supuesto! – A mí también. – Parecía sacado de alguna lata de conserva. – Exacto. – Sin olor, sin textura, con color de anilina. – Me olvidaba contarte, interrumpió Compañera. – ¿Qué? – En Dallas vi algo maravilloso. Un inmenso edificio de una manzana y diez pisos de altura, en medio del desierto… – ¿Y? – ¿Y sabés qué es?, un supermercado de antigüedades. Sólo pueden entrar allí los decoradores. Te metés con el coche por una rampa y llegás a un subsuelo. Bajás y subís por un ascensor a los distintos pisos del edificio. En cada uno hay veinte o treinta locales diferentes y cada local se dedica a especialidades diversas. Este a Luis XV, aquél a muebles aparentemente renacentistas, y estotro a artefactos de iluminación, el de más allá a elementos decorativos en papel traídos de Hong Kong. ¡Maravilloso! ¡Todo el mundo conocido y cualquier tipo de ambientación; sólo se puede comprar al por mayor y siendo del ramo. Aún para visitarlo es necesario un pase, terminó muy orgullosa Compañera. – ¡Qué país!, rió Bienamado. Esta gente es tan especial que si vos trataras de explicarles que eso es curioso, ninguno de ellos te entendería. – ¿A vos qué tal te fue?, preguntó Compañera cambiando el tema. – Va a hacer mucho calor. Aunque ahora está muy lindo al sol ¿no te parece? – ¿Por qué no me contestás? – No tengo ganas, mi amor. – Eso quiere decir que muy bien no te ha ido. – ¡Qué pavada!, saltó Bienamado, ¡me fue fantástico! – ¿Por qué? – Bueno, terminé el negocio con el Chase Manhattan. – Cómo te extrañé mi amor. – No puedo estar un día sin vos. – Yo tampoco. |
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