Federico González Frías Jauja |
Esta pesadilla ambientada en
Buenos Aires en el quinquenio de 1965-70 y posteriores está compuesta con personajes y situaciones reales, salvo los nombres. Cualquiera que crea que pertenece al orden literario del realismo fantástico, jamás ha vivido en la Argentina. |
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El padre Luis descendió del lujoso automóvil que lo había transportado desde su hotel y se enfrentó con el edificio de la compañía Nueva Comunicación. Este era un moderno rascacielos enclavado en el centro de la ciudad sin nada que lo diferenciara especialmente de otras dos o tres construcciones similares. Se dejó llevar por una serie de pasillos donde se afanaban gran cantidad de empleados y arribó finalmente a una habitación espaciosa muy confortablemente puesta, en donde se le pidió que aguardara. El padre Luis, que vivía en La Habana, debía asistir a una reunión del Directorio de la Empresa que presidía un amigo íntimo de los días de la infancia. En los breves minutos que tuvo que esperar rememoró algunas escenas de esa lejana época de su vida. Visualizó a su amigo comiendo una empanada en un lugar cercano al colegio, entrevió un partido de fútbol, sintió nuevamente emociones oscuras, indescifrables, y pensó en los diferentes destinos de las personas, en el propio, optando por la religión después de una vida más o menos aventurera, en pleno régimen de Castro, por el que tanto había orado. Le hicieron un poco de gracia estas cosas. Sonrió francamente, encontrándose con que una secretaria que estaba en la habitación sonreía con él. – Muy agradable esto, comentó, involucrando en un gesto todo el ambiente. – ¿Le gusta?, respondió la señorita. Dentro de un momento lo va a recibir el señor Bienamado. Eficiencia, dinero, buen gusto (la empleada en verdad era bien bonita), es lo que trasunta todo, pensó. Días pasados había recibido una llamada e inmediatamente reconoció la voz del amigo al que no veía desde treinta años atrás. Poco y nada había sabido de él durante ese tiempo. Algunos fragmentos le hablaban de una vida riesgosa. Otros comentarios se aventuraban en el éxito comercial, en el poder creativo de su amigo. Todos sin embargo eran incompletos, un tanto misteriosos. Cuando se citaron en un bar anodino en los alrededores del hotel donde Luis se hospedaba, éste iba preparado para un gran abrazo y ese abrazo se produjo. Eso fue todo para el padre Luis. Después vinieron los recuerdos comunes, los "raccontos" de la vida pasada y así desembocaron en el presente. Hablaron durante un buen par de horas y finalmente Luis fue invitado a una reunión del Directorio de Nueva Comunicación, una de las empresas de su amigo. Muy pocas conclusiones eran las que había podido sacar el sacerdote de esa conversación en el café, donde alternaron la exaltación con la exactitud, panoramas universales con hechos mínimos, la confusión con la claridad, el atropellamiento con la cortesía. La secretaria lo sacó de sus pensamientos haciéndolo pasar a una sala contigua. * Bienamado agitó una campanilla: – Un poco de orden señores, indicó, y luego, sonriendo: – Si me han dado este adminículo es para que lo haga sonar, ¿verdad? El Secretario tiene la palabra. Un hombre de aspecto especialmente sereno, de alrededor de cincuenta y pico años, muy bien vestido, comenzó: – El propósito de esta reunión de los lunes está hoy destinado a tratar el proyecto "Operación Génesis", que ya fuera aprobado en su oportunidad y que ha concluido en su faz teórica. El Bienamado miró a un hombre macizo que tenía a su lado y ostentaba un traje excesivamente amplio con el que parecía haber dormido, impresión que se acentuaba si se observaban sus pelos revueltos, parados como un cepillo enloquecido sobre su cabeza. – Tiene la palabra el Arquitecto, anunció Bienamado, distrayendo las cavilaciones del sacerdote. Se produjo un instante de silencio que se transformó en expectativa. Luego, lentamente, el Arquitecto se fue incorporando de su asiento al par que extendía los brazos en cruz y le brillaba magnéticamente un punto infinitesimal, negrísimo, dentro de sus ojos acuosos. – La Ciudad de los Sauces está próxima a realizarse, murmuró. La Génesis será cumplida. La Ciudad debe construirse porque este mundo, no podrá ya ser sin la armonía cósmica que ella representa. Pronunciadas estas palabras el Arquitecto se sentó. – Por favor, puede darnos los detalles, Ramitos, acotó el Bienamado dirigiéndose a otro personaje ubicado al lado del Arquitecto. – Bien, carraspeó Ramitos y levantándose se dirigió hacia un tablero cubierto que se encontraba a un costado de la habitación. Empezaré recordando a los presentes que este proyecto en el que todos de una u otra forma hemos participado, fue originado en una idea del Arquitecto que el Bienamado hizo suya, adaptándola a la realidad socioeconómica y dándole una utilidad concreta. Personalmente he trabajado en la supervisión de este proyecto, conjuntamente con los Departamentos Económico-Financiero, Legal-Social, habiéndose consultado a la División Sanidad y al Gabinete de Psicología. Lógicamente hemos actuado hombro con hombro con el equipo de ingenieros, arquitectos y especialistas que dirige el autor de la iniciativa –aquí el Arquitecto saludó sonriente a los presentes inclinando ligeramente la cabeza–, siguiendo siempre las directivas emanadas de nuestra sección Ciencia y Técnica. Con el permiso de ustedes y la venia del Arquitecto, agregó, creo que sería útil hacer pasar a los miembros del equipo que colaboraron en los planos de la construcción. Bienamado miró al Arquitecto y éste sacudió varias veces la cabeza enérgica, pero un poco descontroladamente. Luego miró a los otros invitados. – Creo que será lo conveniente Ramitos, dijo. Por otra parte quiero que nosotros dos tengamos una entrevista este viernes, Arquitecto. Sería bueno que para entonces se hayan hecho todas las reuniones necesarias, de cualquier orden, para terminar con esta operación. Después la dejaremos descansar, como hacemos normalmente. Mientras tanto, si todo está bien, construiremos una maqueta gigante de La Ciudad en forma de estrella. Ya hemos plantado los sauces a la vera del río hace dos años… Me parece que eso es todo, finalizó, sirviéndose un trago de agua mineral de una botella. * Pasaron los técnicos y una vez hechas las presentaciones, descubrieron un enorme tablero en el que se veía un plano de una urbanización inmensa. Un joven vestido de sport, de aspecto vivaz, explicó mientras señalaba con el puntero: – De acuerdo a lo que se nos ha pedido, hemos realizado, bajo la supervisión del Arquitecto, el siguiente proyecto. La Ciudad de los Sauces medirá tres kilómetros de largo por tres de ancho y será totalmente construida de acuerdo a los adelantos más actuales muy aptos para nuestro propósito, producidos en nuestro medio con notable calidad. Tomando un resuello, prosiguió: – Hemos trabajado aprovechando el espacio que poseíamos estudiando profundamente las distintas áreas en que debía desarrollarse esta gran Ciudad en pequeño. La hemos resuelto introduciendo rampas movibles, horizontales, de gran agilidad, accionadas por energía hidráulica. – ¡La Ciudad de los Sauces en medio de la Pampa!, bramó el Arquitecto. Este grandioso proyecto hay que diferenciarlo de una simple urbanización por completa o inmensa que ésta sea. Luego de un breve silencio el joven que exponía preguntó: – ¿Si el señor Supervisor quiere añadir algo al respecto? – Así es, dijo Ramitos y quiso tomar la palabra. – La forma, la forma, interrumpió el Arquitecto. Yo vi la forma, la estrella, y todo lo demás se hizo solo. Hemos recorrido el camino al revés. ¡Fue la forma la que hizo la función! Y más sereno exclamó: ¡Debo agradecerte Bienamado por haber encontrado un sentido a esta forma de estrella, que es un Universo en pequeño y que por tus sugerencias hayamos podido darle una función a la Ciudad de los Sauces y a su aplicación al bien de la Humanidad! Dicho lo cual, largó una profunda y sonora carcajada que más parecía un grito de guerra o de victoria, que hizo temblar y reír a los circunstantes. – No sea loco Arquitecto, expresó el Bienamado. Por favor, se excusó, les ruego me perdonen pero debo abandonar la reunión. Continúen sin mí. ¿Qué tenemos para el próximo lunes señor Secretario? – Siguiendo nuestro plan de reformas totales en este Primer Año Jet del Renacimiento Mundial, debemos tratar este temario: 1) Replanteamiento y reestructuración de nuestras empresas de televisión. 2) Creación de nuevas series de historietas para adultos. 3) Lanzamiento inmediato del proyecto Revista teen agers. – Muy bien, aceptó el Bienamado, no va a ser un día aburrido. No te olvidés que el viernes tenemos que vernos, agregó, mirando al Arquitecto, y dirigiéndose luego al padre Luis que estaba sentado a su lado. ¿Qué te parece si echamos un vistazo por la Empresa? * – Quería que vinieses a una de nuestras reuniones para que me fuera un poco más fácil explicarte en qué ando metido, cuál es el alcance de nuestros ideales, comentó Bienamado al padre Luis, mientras la puerta del ascensor se cerraba tras ellos. Luis lo miró sonriente. – Es para mí un poco complicado poder mostrarte el porqué de todo esto, pero créeme que tengo la necesidad de hacerlo, explicó Bienamado. Mirá, éste es el Departamento de Ciencia y Técnica y la parte asignada a los laboratorios. Pasaron a vastas habitaciones que parecían un tanto desiertas y a través de unos ventanales vieron a hombres enfundados en guardapolvos blancos que trajinaban sobre frascos y probetas. – Vení, aquí estarás más cómodo, indicó el Bienamado penetrando en una habitación cuyo único decorado consistía en un escritorio, dos sillones y un sofá. – Para mi gusto ésta es la parte más importante de la Empresa. Desde este rincón se pueden oír funcionar a altísima velocidad los cráneos de todos los sabios que trabajan con nosotros, y Bienamado rió. ¿Qué te parece? – Para serte franco, repuso con lentitud el padre Luis, te diré que de todo lo visto pueden sacarse muchas, pero muy diversas conclusiones. He participado de una reunión de directorio, he recorrido como un meteorito algunas dependencias de tu empresa, que más parece ser una Universidad que otra cosa… Me has hablado de proyectos grandiosos, que si no estuvieran respaldados por todo esto que he visto creería que son obra de la imaginación y no de la realidad… En fin… Por último me has dicho que estas cosas tienen una raíz espiritual y hasta quizás haya entrevisto que aludías a una nueva espiritualidad… – Exacto, exacto… – Un momento, déjame terminar, porque sospecho que hay mucho más que me querés comunicar y no encontrás el hilo por donde comenzar a tirar. – Eso, eso. – Bueno, pues yo soy un hombre práctico. Siempre lo fui y la orden en donde he ingresado me obliga a actuar en el mundo… – Por eso Luis, por eso, además del cariño… – Empecemos por algo. – Por lo que vos quieras. – La reunión de directorio. – ¿Qué? – La construcción de la Ciudad de los Sauces. ¿Cómo se financiará? El Bienamado se echó hacia atrás, aspiró una bocanada de aire y comenzó: – Todos nuestros proyectos tienen una parte visible y otra oculta. No por ser oculta es mala sino simplemente no es evidente. Los esfuerzos de los que manejamos las empresas están dirigidos a procurar una nueva realidad que dé al hombre una mayor libertad. Creemos que estamos frente a una nueva era en donde lo conocido caducará, de hecho ya estamos en ella. Hemos unido nuestros esfuerzos, nuestras inteligencias y voluntades en un solo haz, para introducir al hombre de hoy en este tiempo que le ha tocado vivir. No somos pretenciosos, en última instancia no queremos mostrar más que nuestra ignorancia, pero consideramos que nuestro país es un semillero de talentos y que ellos deben ser utilizados pese al tan cacareado subdesarrollo económico, científico y… – ¿Y cómo se financiará el proyecto? El Bienamado miró un tanto disgustado a su amigo y con resignación, maquinalmente contestó: – La construcción de la Ciudad demandará una erogación del orden de los cincuenta millones de dólares. Evidentemente, no tenemos dinero para financiar una operación de esta naturaleza. Sin embargo la idea me entusiasmaba y decidí recurrir al ahorro popular. – ¿Cómo? – Una vez finalizado el proyecto, formaré una sociedad anónima que será la encargada de realizarlo y la beneficiaria del mismo. – ¿Y quién querrá ser accionista? – Ahora me toca a mí pedirte que me dejés terminar. Como te podrás dar cuenta, nadie querría invertir plata en algo estacionado en medio de la Pampa, que además ofrece la impresión de una utopía sin sentido. Habrás observado que en la reunión de directorio había algo levemente payasesco, pero es sólo formal. Yo no sé por qué, divagó, pero esto parecería ser algo común a nuestras empresas, algo circense… En fin… como te decía me fui a ver a las autoridades, más concretamente al Presidente (que es bastante menos bestia que los otros) y conseguí interesarlo en la construcción de viviendas en la ex estancia San Juan, en las cercanías de la Plata, expropiada por el gobierno hace unos años y ahora improductiva, que sería habitada por cerca de un millón de personas solucionando el problema habitacional de Buenos Aires y que desarrollaría una conciencia nueva en la población. Impuesto de que las dificultades económicas serían grandes, conseguí que el gobierno patrocinase esta adquisición sin gastar un centavo de su magro tesoro. ¿Preguntarás cómo? ¿De qué manera? Como te dije, con tierras fiscales improductivas compradas en bloque y por hectárea. Y prosiguió. – Trescientas hectáreas subdivididas a tres mil pesos el metro cuadrado, como base, haz la cuenta de lo que nos da. Vendido a siete años de plazo con intereses, financiado por nuestro banco, nos resolvería ¡de qué forma! la operación en la nueva Ciudad de los Sauces, solventando el problema de vivienda de tanta gente que quiere residencias o casas económicas –sin contar el Parque Industrial–, con varias líneas de tranvías rápidos que les conecte con la capital y otras ciudades como Avellaneda, Quilmes y la Matanza y alrededores conjuntamente, incluso con el oeste de la provincia de Buenos Aires y pueblos como Morón, Moreno… – ¿Y esa gente tendría acceso, en forma exclusiva, a esa tierra? – Sí. Esta sería disfrutada por toda la población que fuera capaz de adquirir su unidad a precios económicos. Aún antes de ser construida podría amortizarse rápidamente e incluso dar beneficios a corto plazo. Pero tengo también otro asunto distinto que allí instalaré, dijo cambiando el tono, una granja naturista-espiritualista de la que ya te contaré, manifestó Bienamado mirando al sacerdote. Se notaba cansancio en su expresión, cansancio y extrañeza, como si estuviera haciendo un enorme esfuerzo para estar allí. Para poder hablar. Dificultad en vivir. Algo de esto notó el padre Luis quien profirió: – ¡Pues es verdad! ¡Hombre, bien vale este circo una misa! * Puso segunda y se adelantó rápidamente a un auto de potencia mucho mayor. Le gustaba manejar este pequeño automóvil en el tránsito de la ciudad. Era un coche sólido, construido con el cuidado y el amor de un coche grande. Eso le parecía, y como siempre, de una u otra manera, se hallaba pensando en este tipo de cosas, vbr.: poner al alcance de muchos una comodidad (un antiguo lujo) que se estaba tornando imprescindible, etc., etc… Se hallaba encantado de conducir con agilidad, pues aunque estaba muy cansado, el mantener la atención concentrada en el tránsito lo distraía y… El tránsito, pensó Bienamado, otro problema a solucionar. El parque automotor en las grandes ciudades es muy elevado y crea atascos. ¡Pero que primero tengan el automóvil, carajo, se dijo, y después se verá qué se hace con el tráfico y con las grandes ciudades! ¡Todo esto está mal organizado, es absurdo ver cómo hoy en día todavía se mantienen los antiguos monstruos, New York, Londres, Tokyo, París! En el fondo, a Dios gracias, se mantendrán siempre. Son el fruto de lo más neurótico y civilizado que hemos podido llegar a construir. Y eso, construir. El arquitecto no tiene ni idea de qué se trata. ¡Qué curioso el atraso brutal en que se mueve la arquitectura de este siglo y no pienso solamente en los hechos, sino también en los proyectos, en las teorías! Lo que pasa es que no saben qué es el hombre (¡y quién lo conoce!), lo suponen. Esa gente debería investigar en nuevos materiales, debo repetirlo una vez más en la Empresa. Detuvo su automóvil porque se hallaba encendida la luz roja del semáforo. A su lado estacionó un coche que conducía una mujer joven muy mona, con el pelo negro, largo, vestida con un traje a la moda. Iba manejando también un auto pequeño y llevaba un par de chiquitos muy simpáticos en la parte de atrás. Esta imagen le encantó al Bienamado. Había algo muy libre en esa mujer, algo muy lindo. Los niños le preguntaban cosas y ella reía y contestaba con naturalidad. Durante una fracción de segundo sus ojos se encontraron con los de Bienamado y éste vio algo franco, abierto, claro en ellos. No supo por qué se le ocurrió pensar, independientemente de la mujer, que ella había sabido aceptar las cosas y que ésa era la única forma de modificarlas. Y poniéndose en las manos de Dios. De esa manera se hace más fácil cambiar lo que hay que cambiar, y aceptar lo que está más allá de nuestras fuerzas, de nuestras posibilidades. Sí. Toda la vida fui soberbio, y lo sigo siendo, muchísimo más de lo que me imagino y quizás de todo cálculo, ¡mirá, en las boludeces en las que estoy pensando!, se impacientó el Bienamado, que pese a pertenecer a un grupo que practicaba normas muy precisas y que él había fundado, cada vez que tenía este tipo de pensamientos sentía toda clase de turbulencias, producidas quizás por el hecho de que durante muchos años cierto tipo de virtudes no le habían sido familiares. Fastidiado cambió de velocidad y aceleró, dedicándose exclusivamente al riesgo de conducir en un camino atestado de vehículos. Se dirigía hacia su quinta. La Compañera había querido pasar quince días en ella, en pleno invierno, porque quería realizar algunas reformas en la casa y el jardín… Bienamado gozaba mucho en el campo, pero mucho más gozaba viendo a Compañera en acción. No había habido día, durante los diez años que vivieron juntos, que no hubiera sido para él una aventura completa del principio al fin. Por suerte sos mi mujer, había bromeado jactándose ante ella hacía poco tiempo, si no serías un peligro nacional. El Bienamado no recordaba qué le había contestado Compañera, pero en este momento sonriendo, musitó: nacional no, ¡universal! Y memoró las épocas en que se habían conocido, cuando él andaba corriendo entre pajonales desiertos con su locura a cuestas, seco, resentido, muerto, exactamente, muerto. Revivió en un instante los tres primeros años que pasaron juntos destrozándose, magullándose, pero tratando de mantener la atracción que los imantaba, ese sentimiento que era lo único que en definitiva los ligaba con la vida. Pensó en la cantidad de esfuerzos, de luchas, de sacrificios que tuvieron que realizar para empezar a entender lo que les estaba ocurriendo e igualmente la grandeza de esa mujer. Pensó en la perseverancia, en la fijación de Compañera y las horribles ofensas mutuas, y en ciudades y en la belleza física de esa mujer, y llegado a este punto, la sintió tal cual la había tenido la noche anterior. De pronto se le cruzó un coche y lo obligó a clavar los frenos. – ¡Mamarracho!, gritó. Indignado con el conductor del otro vehículo, consigo mismo, con la humanidad entera, nuestro personaje musitó: – ¡Bienamado, Compañera, qué nombres nos fueron a tocar! * La descripción de la quinta de Bienamado merecería capítulo aparte. Era una vieja casa construida alrededor de mil ochocientos ochenta, con un poblado jardín de tipo inglés, aparentemente descuidado, lleno de árboles, flores y canteros, pérgolas, fuentes y estatuas. Se encontraba en el Tigre, al borde del río y se podía observar también en ella un muelle y un par de embarcaciones. Poseía una pileta de natación de mármol con columnas romanas y dos inmensos galpones de material donde el Bienamado coleccionaba toda clase de absurdos, grandezas y miserias. Si se entraba por el camino principal, se iba teniendo una visión fragmentada del Apocalipsis, aspecto que se acentuaba cuando se penetraba en la casa. Se subía primero una escalera de piedra que desembocaba en una gran terraza del mismo material. Una vez transpuesto el umbral, el abigarramiento más insólito se hacía presente en forma de empapelados art nouveau, juegos de sillones victorianos, segundo imperio, restauración, tiestos con plantas, arañas cuajadas de tulipas, esteras y alfombras de pieles, más sillas y sillitas tapizadas llenas de botones y pasamanería, mapamundis, animales de madera y bronce empavonado, floreros de Gallé, de Lalique, mesas y mesitas de pata torneada, lámparas que eran ninfas, ángeles con guirnaldas que sostenían globos de luz, negros venecianos, esculturas románticas, paragüeros en forma de cigüeña, tarjeteros, cajas de música, bomboneras, licoreras, bizcocheras, docenas de cuadros que cubrían prácticamente las paredes; desnudos, paisajes con marcos franceses, marinas, pintura abstracta, cubista, impresionista, dibujos a la tinta, al lápiz, a la sanguina, formatos ovales, cuadrados, rectangulares, en fin, una desmesura, una confusión con pocos precedentes. Sin embargo, apenas uno lograba acostumbrarse a esta situación (a este abigarramiento), se descubría una armonía interna, muy sutil, dada por la entonación de los colores de los muebles y adornos y por la circulación que se le había dado a esa gigantesca habitación, que hacía que estos objetos múltiples y seleccionados convergieran en una inmensa chimenea que por sí sola constituía otro ambiente, que modificaba el espacio general, creando un clima perfectamente lógico y bello, que alivianaba el aire y lograba que el espectador, siguiendo un proceso inverso al que había adoptado hasta ese momento, consiguiese ubicar en el lugar exacto en donde se encontraban, cada una de esas extravagancias. Acentuaba esta impresión de orden, una escalera de madera tallada que comunicaba con las habitaciones y unas pesadas cortinas repletas de frunces, por el lado de los ventanales. Pero esta era una sola de las habitaciones de la casa. También se hallaban el comedor con su mesa de seis metros de largo y veinte silloncitos Napoleón III en forma de concha, el techo enteramente decorado con grupos de naturalezas muertas, flores, frutas y animales, motivos que se repetían en los cuadros de las paredes, todos pintados con la técnica del trompe l'oeil, encargados especialmente a un artista obsesivo y perfecto. Y las cuatro fuentes de mármol, también en forma de conchillas, cada una en un rincón con su refrescante sonido; y el aluvión de platería barroca portuguesa que el Bienamado había comprado casi por monedas en Brasil. Los desproporcionados armarios, uno a cada lado de la habitación (flamencos). La araña azul claro bajo la cual se hallaba el centro de mesa formado por dos cisnes descomunales tallados en cristal de roca. Y luego estaba la habitación de Bienamado y Compañera, una de cuyas paredes, la que correspondía con el respaldar de la cama, estaba recubierta de cerámica que figuraba una enmarañada selva llena de lianas, orquídeas, ananás, cocos, bananos y palmeras; todos estos elementos realizados en relieve, pared que se prolongaba en dos mesas de luz y la propia cama, a cuyos pies descansaban dos simpáticos y vivaces monos inanimados. Como se podrá haber observado Compañera y Bienamado tenían especial predilección por los objetos que representaban animales. Y esta preferencia llegaba a sus últimas consecuencias en un cuarto acertadamente denominado "El Zoo". Describirlo es imposible. Garzas paradas en una pata, pájaros en vuelo o descansando, arañas y moscas, escarabajos, aguaciles, libélulas, colecciones de sapos, osos, jirafas y jirafitas, el caballo de Troya, la loba Romana, rinocerontes, leones, tigres, microbios, caimanes, cangrejos, estilizaciones y vulgaridades, chanchos y lobos de tiovivo, elefantes de todos tamaños, langostas, juguetes, liebres, gatos y perros a patadas. Todo lo que reptara, andase, trepara, trotara, husmeara, sudara, evacuara, fabricado en cuanto material el hombre haya conocido o podrá conocer, con la única excepción del marfil, al que imprevistamente tanto Bienamado como Compañera odiaban, y la lógica exclusión de las piezas que representaran pescados o pavos reales, extensible a los elefantes con la trompa para abajo y a los objetos moldeados en termoplásticos, como no era difícil suponer. Con paciencia maníaca el Bienamado, pero sobre todo la Compañera, habían ido adquiriendo este conjunto de esplendores y desconciertos. No había habido remate al que no hubiesen concurrido, en especial durante los primeros años de su unión. Habían comprado la mayor parte de las cosas a precios irrisorios, y cuando Bienamado pudo consolidar su fortuna, invirtieron más dinero en piezas de valor. La impresión que se recibía al visitar por primera vez esta casa, era evidentemente de asombro. Al que por regla general se agregaba un vago terror (no tan vago en ciertos casos). Había quien deliraba por estos objetos mientras era consumido por la envidia y el éxtasis. Otros preferían huir con sobrepaso veloz. Con seguridad no se podía afectar indiferencia. Faltan describir dos salas y un escritorio en planta baja, ocho habitaciones en el primero y segundo piso, cinco baños, cocinas y dependencias de servicio, etc. (decoradas con este mismo tipo de gusto) y el jardín de invierno. En él penetró Bienamado. * – ¿Si ponemos el traillage, te parece que quedaría bien? – Un poco decoración teatral ¿no? – Sí, estoy fastidiada con el carpintero. Es un informal. – En todo caso, el que deberá cortar y colocar la madera, tendrá que ser un carpintero ¿no? La Compañera no contestó. Anotó una serie de cosas en unos papeles que llevaba en la mano, al mismo tiempo que inspeccionaba una cantidad de paquetes que había en su derredor. Nadie podría darle los cuarenta años y monedas que en realidad tenía. Lo más veintiséis. Algunos días que Bienamado estaba de ánimo exaltado y ella con el humor suficiente, se hacía dos trencitas y se pasaban un par de horas en Flores, o cualquier otro barrio en el que no eran conocidos tomando un aperitivo en alguna confitería o cualquier otra pavada donde la confundían por una joven. Todo muy desacondicionante. – Mañana van a almorzar los chicos a Aguado, recordó el Bienamado, que se refería por el nombre de la calle a su domicilio de Buenos Aires. – Sí. Yo también quiero almorzar allí. Por la tarde tengo reunión de grupo y podemos salir juntos a la mañana ¿qué te parece? – Con que esté en el escritorio a las once está bien, contestó Bienamado. – Fantástico. Nos levantamos temprano, jugamos un poco de golf y después nos vamos. Bienamado estaba revisando unos dibujos que había bocetado la Compañera. Esta se sentó a su lado. – ¿Vés? Aquí está la forma que quiero que tome la habitación. Del piso de estos lugares es de donde van a crecer esos árboles ¿viste?, esos como arbustos que tienen la forma así y así y como muchas cosas, agarrados a la pared, y que poseen esas flores blancas. Y después quiero que la terraza sea como una prolongación del jardín de invierno que debe ser todo blanco, con muebles de mimbre, los maceteros blancos y azules, todo lo demás pintado de blanco y azul… – Grecia. – No seas bobo… De azul lavanda y todo lo demás color claro… y afuera lleno de sol, con varios naranjos en macetones blancos… – El Mediterráneo. – No fastidiés, y puso cara de enojo volviendo a sus papeles. El Bienamado le besó la cabeza y la frente y ella sonrió. Luego se levantaron y caminaron abrazados hasta la puerta. – ¿Qué te parece si mañana lo invitás al padre Luis, a la reunión del otro grupo? – ¡Pero yo no lo conozco!, respondió la Compañera. – Te lo presento antes de la reunión. ¿Cómo te parece que le caerá al grupo? – Creo que bien. De todas maneras nos moverá un poco el ambiente. Y lo andamos necesitando. Supongo que tendrá un cúmulo de experiencias interesantes… Se instalaron en una especie de salita íntima, reducto-escritorio de Compañera. El hecho de que se pasaran quince días en esa quinta, en pleno invierno, tenía mucho que ver con la soledad. Cada tanto Compañera inventaba programas de semejante naturaleza, porque sabía que era la forma de preservar a Bienamado, de alejarlo de los peligros de la confusión y el quilombo, al que éste temía y que tanto mal le acarreaba. Del mismo modo, siempre organizaba viajes y excursiones en las que ambos gozaban enormemente; se renovaban y se encontraban nuevamente a sí mismos y por lo tanto a su amor en el estado más despojado. La Compañera era una gran organizadora. Esta pareja –en la que ambos trataban de aprovechar concientemente la parte mejor de su contrario– así lo había entendido y se dejaba llevar por las iniciativas de uno u otro de sus componentes, según la ocasión. – Te traje la rendición de cuentas, resopló aparentando molestia Bienamado alcanzándole una pequeña carpeta en la que una de sus secretarias había colocado un breve resumen de todo lo actuado en cada una de las empresas, la semana anterior, pues le gustaba mantener perfectamente informada a su mujer a este respecto. – Ahora, he aquí tu sorpresa, agregó, entregándole a Compañera un gran paquete. Compañera abrió el atado que contenía las últimas grabaciones musicales y fueron recorriendo juntos, con deleite, lentamente, cada una de las mismas. Luego, cuando escuchaban hablaron de los chicos. Ellos constituían un problema que no habían podido resolver de acuerdo a sus expectativas. Aunque pensaban que acaso no podrían subsanar esta situación jamás ya que posiblemente a esta altura de las circunstancias no fueran asuntos suyos sino propios de los hijos, lo cierto es que todavía les afectaban estos hechos, agravados por vagos sentimientos de culpa, que no los perjudicaban mayormente pero que les molestaban bastante y que no alcanzaban a resolver en forma satisfactoria. Sin embargo, estas complicaciones no se referían a que los hijos hubieran sido habidos en tres matrimonios anteriores –dos del Bienamado y uno de Compañera–, como a simple vista pudiera pensarse, sino más bien conjeturaban una dificultad un tanto enfermiza en separarse de ellos, en aceptar en forma definitiva sus once distintas personalidades en diferentes edades y estado de desarrollo y todas las complicaciones que estas variedades traían de arrastre y aparejadas. – ¿Querés que te lea un poco? – Sí. – Seguiré con La Tempestad. – Buenísimo. Dale. – La Compañera comenzó con voz suave (a Compañera le hubiera encantado ser actriz). * Trueno entró como una tromba en el despacho. Lo seguían (como podían) a tres o cuatro pasos de distancia, dos acompañantes. – Hola, saludó a Bienamado que estaba hablando por teléfono. Depositó su valija sobre un escritorio y ordenó por el intercomunicador: – Nos trae un poco de soda bien helada, por favor. Aunque la mañana estaba fría, Trueno transpiraba. Se pasó un pañuelo por la frente y se secó las manos. Bienamado terminaba su conversación. Trueno hizo una seña para que se acercaran sus acompañantes, que se habían mantenido a respetuosa distancia. Sacó de una valija varios fajos de billetes de a diez mil nacionales de color rojo y otros de otras denominaciones. – Son diez y ocho millones setecientos mil pesos moneda nacional, leyó de una planilla. Tomando otro papel prosiguió: – Recibí del señor bla, bla, bla, en concepto de bla, bla, bla, la cantidad de nueve millones setecientos mil, y dirigiéndose a uno de sus acompañantes: – Verifique, por favor. El hombre comenzó a contar pausadamente mientras el Bienamado colgaba el aparato. – Tengo novedades importantes, dijo Trueno, mientras sus ojos recorrían los objetos y las personas de la habitación a velocidad vertiginosa. Trueno hizo unas señas, o muecas, que entre otras cosas parecían decir que únicamente cuando estuviesen a solas podría desembuchar. El Bienamado había presenciado esta escena cientos de veces, con regularidad, una vez por semana desde hacía dos años, e invariablemente el Trueno conseguía envolverlo en una momentánea zozobra. Eran amigos desde jóvenes y socios en una cantidad de negocios diversos. En la organización del Bienamado, Trueno se encargaba entre otras muchísimas actividades de los criaderos de pollos que abastecían a Rosario y Montevideo y de la recaudación semanal de la plata en efectivo. Para obtener ese "líquido" eran dueños, a medias, de cuatro restaurantes en la Costanera, un parque de diversiones en Montevideo, capital en la que también poseían dos supermercados, otros dos más en el gran Buenos Aires, tres en Rosario y dos nuevos locales de entretenimientos juveniles en esa misma ciudad. También, excepcionalmente, una fábrica de condones para evitar la sobrepoblación mundial que se vendían en máquinas en bares, estaciones ferroviarias y subterráneos. Todos estos negocios eran administrados por Trueno con la misma facilidad con que un chico manejara un juguete. Lo hacía firme y drásticamente y cualquier inconveniente que surgiera era zanjado en forma inmediata y definitiva. Jamás le presentó un problema, una dificultad a Bienamado. Actuaba según su criterio y decidía todo lo concerniente a estas inversiones. El lunes era su día de "recaudación", y trepaba a un avión a la mañana y en la misma jornada visitaba Rosario y Montevideo. A la tarde se dedicaba a Buenos Aires. Viajaba acompañado por dos guardaespaldas-contadores, que en esos momentos estaban en la habitación, controlando –junto con un empleado de la contaduría de Bienamado– la repartija de lo correspondiente a esa semana. Por otra parte Tueno era el encargado de todo lo que fueran inversiones y cambios de moneda con el extranjero. Pero no era ésa, solamente, su función en la Organización. Trueno, que vivía su locura entre gastos inauditos, ataques de asma, viajes, coimas y "otras intoxicaciones", era un extraordinario político. Un rey del embrollo, la irresponsabilidad, el juego y la nada. Adulón, irrespetuoso, simpático, podía manejar los hilos del caos hasta extremos insospechados para la razón humana. Parecería que no hubiera podido vivir sin nadar en el río de la hipocresía, la traición, el soborno, el sometimiento, el odio, la envidia, la prostitución, la lujuria, la impotencia, etc., etc., siempre hundiéndose y volviendo a subir, milagrosamente entero. Invariablemente estaba en buenos términos con los gobiernos presentes y, cosa curiosa, aún en mejores con los futuros. Había llegado a dilapidar fortunas enteras en esta pasión. Y cuando Bienamado comenzó a fundar su Organización se vio auto-obligado a trabajar en ella con su empuje arrollador, ni tan ciego ni tan salvaje como algunos pretendían. – Ahora que estos se han ido, escupió, llenándose los bolsillos y su valija blindada con los nueve millones y pico que le habían tocado ese día en la liquidación, te diré que la cosa está que arde. – ¿Qué pasa? – Es en serio. Parece que lo rajan al que te dije. – ¿Lo mismo de la semana pasada? – Sí. Pero hay otros datos. Bienamado, cara de interrogación. – El viernes, prosiguió el Trueno, estuve almorzando en la Cámara de Comercio. Los junté a "x" y "z". Tuve buen cuidado de que los viera "b". Este se dió perfectamente cuenta de lo que andan tramando. Una mirada valen dos finezas. A la noche lo encontré a "b" en el club y estaba muy agradecido conmigo. Largó: 1) los militares le han hecho un nuevo planteo al presidente, 2) salta el equipo económico. No me lo confirmó, pero yo sé que él va a manejar muchas cosas en Economía, si no llega a ser el Ministro. Los militares le tienen confianza. Es un amigo y nos convendrá. – ¿Pero qué pasa con el Presidente? – Queda, pues los coroneles lo mantienen a toda costa. El año que viene se va a su casa, pero por ahora queda. La que gobierna es la camarilla, dijo Trueno que no parecía nunca haber caído en la cuenta de lo corrupto que era corromper. El Bienamado se levantó y guardó su parte de la "recaudación" en una caja fuerte. – ¿Dónde almorzás?, preguntó Trueno desde lo alto de su metro noventa y cinco (ciento treinta kilos), mientras manipulaba con un vaporizador en su boca y revisaba unas anotaciones de su libreta. – Con los chicos en casa. – Vamos, vamos, urgió Trueno, saliendo con la velocidad del relámpago. * – Ya la están terminando. – ¿Qué, Miguel? – Estábamos comentando con Federico sobre la nueva cancha de squash del club. Yo nunca he jugado. – Yo tampoco. – Es muy divertido. – Sí. Pero me parece que lo que se busca es bajar un poco la barriga… – Va a ser difícil encontrar hora libre para utilizar la cancha. Los vejetes ya deben estar haciendo fila. – Sin embargo a los baños turcos no va prácticamente nadie. La verdad es que va muy poca gente al club. – Esto es lo que tiene de bueno. – ¿A vos se te ha ocurrido alguna vez sumar los años de los socios? Esa suma daría la edad de la tierra. – Ché que bueno está el melón… ¿Rocío de miel se llama esto, no? – Lo compramos en San Fernando. – Sí. Muy bueno este melón. – ¿Viste?, Bergman ha terminado otro film… – ¿Ah, sí? – Muy enfermo, Bergman. – Un poco antiguo ¿no? – Hay que ir a ver a Eloisita que está medio regular. No sé que complicación en la vesícula… – ¿Es grave? – No se sabe. – ¿Qué edad tiene? ¿Setenta y pico? – Ochenta y pico. – Casi lo mejor de la familia. – Me encantaría llegar a esa edad con su estado de ánimo. – Falta poco, viejo. Un esfuercito y cruzas el disco. – Ayer estuve en la estancia. – ¿Cómo? – Me faltan pocas horas de vuelo para que me den el brevet. Aprovechamos con el instructor, y nos fuimos a comer un asado al campo. – Qué gracioso… ¿Qué dijo tu hermano cuando los vio aparecer? – No estaba. Había ido a una feria de ganado. – A él le vendría bien aprender a volar… – Dice que no tiene tiempo. – Es verdad, trabaja demasiado… – ¿Te gustaría darle una mano? – Supongo que sí. Pero recién podré después de los exámenes… – Me gustaría ir al sur este verano. Todavía no conozco Bariloche ni los lagos y hay dos amigos que… – Bueno, combiná las cosas y te vas. – ¡Fantástico! – Además podés pasar unos días en "La escondida", que es uno de los lugares más lindos del mundo. Sobre el lago. No te imaginás lo que te vas a cansar de pescar. – ¡Buenísimo! – Decidíte y yo te arreglo la estadía con Melchorcito Haro… – ¿Ese es el que es director del Banco? – Sí. – Es una excelente persona… – Que cría vaquitas… – En todo caso no demasiadas… En el sur, por lo menos… – Y vos, Juan ¿qué pensás hacer este verano? – Me leíste el pensamiento. Yo quería decirle a papá que ando con ganas de irme de nuevo a Europa. – ¿En el verano? – En realidad querría irme por un par de años… – ¿Adónde? – A Londres. – ¿Y qué vas a hacer? – No sé. Por lo menos no lo sé ahora. Pero Londres me encantó. La gente, la forma en que se vive… Pienso que ya allí encontraré algo que hacer, sobre todo en finanzas. – Lo conversaremos. – ¿Quizás si vos me pudieras ayudar los primeros tiempos? – Hay una cantidad de nuestros asuntos del banco de los que te podés ocupar en Londres y en toda Europa. Es cosa de que arreglemos los detalles. Mientras tanto allí irás viendo si algo en particular te llama la atención, o si querés hacer algo en especial ajeno a nuestros intereses, reflexionó el Bienamado mientras terminaban de comer. – ¿Tomamos el café en el living?, invitó la Compañera. Allí se les unieron un poco más tarde los hijos de la Compañera, que los martes almorzaban en la casa, al igual que los del Bienamado, que hoy estaban con él. * El padre Luis se encontraba sentado en uno de los costados de la mesa. En la cabecera una mujer de pelo entrecano, menuda, nerviosa, dirigía la reunión. El grupo estaba integrado por otras siete personas. A la izquierda de la mujer se hallaba el Secretario, al que el padre Luis ya conocía… Le seguía otro hombre –algo gordo, de aspecto plácido– y una chica bastante joven, que parecía muy contenida. En la otra cabecera se hallaba Todo un Caballero, robusto, desenvuelto, de alrededor de cincuenta años de edad. A la derecha del padre Luis estaba otra mujer madura, de aspecto llano y firme, muy bien vestida. A la izquierda de esta dama, una especie de anciano decrépito, más allá: Compañera. – ¿Alguno de los presentes desea relatar algún tema filosófico en el que haya meditado en la última semana?, prosiguió en tono mecánico la moderadora. El padre Luis estaba absorbido por sus pensamientos y momentáneamente había dejado de prestar atención a lo que se conversaba. Hacía una especie de inventario, o mejor de balance, de todo lo que conociera hasta entonces en la Organización aunque primaba en él más que nada la curiosidad, el deseo de comprender con claridad y exactitud ese universo. Esa inquietud lo llevó a analizar con mucha atención cada uno de los integrantes de ese simposio. Los "desubicados", ésa era la palabra que le había quedado metida como una espina al padre Luis. En el transcurso de la reunión la había oído varias y repetidas veces; esta gente se autocalificaba de dicha manera. Era algo un poco obsceno o de cierto mal gusto. El Caballero de la cabecera parecía cualquier cosa menos un desubicado. Olía a cordialidad, amigos y agua colonia. Marta, la dama que tenía a su lado, y la Compañera, eran tres mujeres que tan buen papel podían desempeñar en una cocina, jugando a las cartas, o en presencia de algún rey destronado o en actividad. El Secretario era la imagen de la cordura… El Decrépito había sido y sería un decrépito en cualquier parte… – Siento cada vez más la vida dentro mío y a mi alrededor, farfullaba este último (paradójicamente) en ese momento, envuelto en una luz nueva, diáfana y brillante. A veces me pregunto si no será un espejismo y la verdad de lo cotidiano la única importante en la vida. Hace tres noches tuve un sueño que era bastante angustiante. Yo pensaba en el mundo entero y tenía una noción exacta de él. Veía la Historia, la Geografía, los Astros y estrellas vigilantes, todo como una magnífica unidad. Todo eso adentro mío y también circundándome, como si estuviéramos envueltos en un globo. Veía también otros globos al lado mío, y dentro de ellos reconocía a otras personas en las mismas circunstancias que yo. Sin embargo, nos comunicábamos, pero cuando yo trataba de pensar en esto, de racionalizarlo, indefectiblemente me separaba, salía de mi propio globo y éste se disolvía al igual que todo lo demás. Me sentía solo y vacío, completamente solo. Entonces nuevamente, lentamente, volvía a reconstruir mi mundo y a tener una visión. Y sobre todo la sensación de la armonía universal, pero bastaba que tratara de entenderla racionalmente, para que ésta se me fugase otra vez y me quedara con la nada. El padre Luis había prestado atención al sueño y le pareció muy lindo mientras observaba más detenidamente al Decrépito. Este había dejado de hablar y era como si una vez más se hubiese desinflado. Le colgaban los brazos a lo largo del cuerpo, le pendían los cachetes de las mejillas, le guindaban unas bolsas debajo de los ojos. El poco pelo que tenía, como apolillado, parecía que en ese instante se estuviera cayendo, del mismo modo que un pedazo de nariz se derrumbaba inexorablemente sobre la mesa. Unos ojitos celestes moteados de amarillo, huían perversamente, mientras las piernas temblaban y un ruido bucofaríngeo-nasal-pulmonar, como de asmático "in extremis", acompañaba estas calamidades. – Este hombre es un desastre, se dijo a sí mismo Luis, que sin embargo, ya había descubierto que no, que era una maravilla. Tiene armonía interna, pensó. Lo que pasa es que "es" lo que dice. Resplandece de belleza. Lo miró fugazmente. Este hombre me está comunicando fe y fuerza… Pero ahora prestó atención a Todo un Caballero, que era el que estaba en el uso de la palabra: – Algo similar… recuerdo… hace años… quizás mi experiencia personal, pueda ser de algún interés o de ayuda para otro. Cuando yo entré en la Organización –van a hacer cinco años– era bien poco lo que conocía del otro lado de la vida, en la que hoy me hallo. Se puede decir que había triunfado, que mi éxito abarcaba también la esfera de mi hogar y mi familia, pero sin embargo yo no era un hombre feliz. Muchos de los presentes ya me han oído referir esta historia, pero quizás es lo más importante que yo posea como hombre… Lo cierto es que estoy mintiendo… Yo era un desdichado, un miserable, mi mujer y mis hijos unas víctimas. Aparentemente para el mundo, nada de esto sucedía, pero en mi interior, sí. No encontraba sentido a nada. Despiadado, cruel, jugaba las cartas del poder y del dinero, con una frialdad y una maldad, que para mí eran la mayor garantía del éxito. Desde luego yo no me daba cuenta de esto, hoy recién lo veo, pero era así. E internamente me hacía sufrir como un desdichado. Trataba de engañarme con los resultados de mis trabajos, con el crecimiento de mis hijos, la belleza de mi casa, etc. Pero ni mi casa era bella, ni mis hijos crecían, por lo menos espiritualmente, ni mis trabajos eran sino una cantidad de pequeñas estafas, hilvanadas con astucia dentro de la ley, y nada más que eso. – Creo que para algunos de los nuevos puede ser interesante su experiencia, agradecía la Moderadora, al mismo tiempo que miraba a Obeso, que se había mantenido al margen. Se hizo un silencio. Moderadora tomó la palabra. – Querría preguntarle a otro miembro del grupo, qué le parece la reunión. El padre Luis se dió cuenta de que se referían a él, y su interior se rebeló: – La verdad es que he venido como observador… – Aunque así sea, usted está participando de esta reunión, sonrió la señora, por lo que es un miembro del grupo. El padre Luis iba a contestar una cortesía banal, cuando sintió que eso era bueno y agradable, váyase a saber por qué oscura razón… – Me estoy incorporando, contestó. – Bien, Dama dió por finalizada la reunión, basta que uno se diga miembro de la Organización para pertenecer a ella. La sesión se desenvolvió normalmente. Y ya en su domicilio a Luis se le hizo la luz sobre esta Organización: tomaban a la salud psicológica y al bienestar social como sus metas, a las que llamaban "espiritualidad". * Las tres y cuarto. Siempre pasa lo mismo. Hasta hace un momento el insomnio fue provechoso. Ahora es la imposibilidad de dormir. Empiezo a repetir uno a uno los mismos pensamientos, y sobre todo el de la necesidad de descansar. Me parece que va a ser difícil, no puedo. Lo que antes me servía, es decir la sensación de vivir y la armonía, el orden de mis cosas, no tienen sentido en este momento. Ahora me repetiré inexorablemente, comenzaré a destruir, me invadirá el miedo y dejaré florecer el caos y la reiteración. Ya soy una tierra yerma, extenuada, que no se nutre. Impermeable al agua y aún al sol, volveré a reincidir en mí mismo para mantenerme con alguna dignidad. Es posible que esto sea un intento desesperado de "ser". Cuando en realidad lo que deseo es dormir. Mañana tengo muchísimo que hacer. Insisto en emplear los mismos mecanismos que hace años y fantaseo hasta el agotamiento por la noche y no realizo en la mañana. Me interesa hacer lo que siento, lo que pienso, pero quedo vacío en este insomnio del que no salgo, del que no quiero ser parte, pero al que no puedo evitar. No hay más pensamientos, me los he ido deglutiendo uno tras otro y no los he podido transformar en nada más que esta sequedad generalizada. Perdí el resultado favorable que me proporcionó el principio de la noche y ahora vuelvo sobre lo mismo. Debo hacer algo para evitarlo, pensar en mi nombre: Bienamado. Pensar en lo que pensé hasta ahora. No puedo, hagamos un esfuerzo. ¿Quiénes? ¿Quiénes? Las tres y veinte. Mi mujer sobre la cama. Un lindísimo animal… Pero estoy demasiado obsesionado conmigo mismo. Recapitulemos… Pongámosle un sentido… El miércoles veintisiete de abril de mil novecientos setenta… cualquier cosa… este debe ser el principio del mal humor… ¿Para qué estoy en el mundo? ¿Participo de la vida, de la naturaleza? Esto es un engaño. Creo que estoy sano, se lo hago creer a los otros y en realidad soy un pozo de angustia. Tengo una neurosis infinita que se desgaja en días parejos y semejantes. Diluyo, distribuyo, mi enfermedad. Si la pusiera toda junta explotaría el mundo en mil pedazos. No. Lo peor es que no pasaría nada; "nunca pasa nada", una de mis célebres teorías. Pasa este insomnio y pasa este fastidio que es lo que más "pasa" y que no se me pasa, ni sé por qué me pasa, para hacer juegos de palabras. ¡Pero ché, toda esta lata, esta grandilocuencia, nada más que por no poder dormir! La fragilidad del hombre es joda. Seguramente me están sucediendo muchas otras cosas que no tienen nada que ver con el insomnio. La ignorancia es uno de los asuntos que más hacen sufrir al hombre. Siempre he sabido que no soy nada, que no valgo para nada. Soy un conjunto de contradicciones. También contradicciones de los otros. Soy mi obra, apenas un hálito de vida y de violencia. Largos años he invertido en darme cuenta de que estoy vivo. La existencia es esta aridez, este desenfreno de lugares comunes. No el mar, ni el cielo desolado; no la tormenta, no la flor silvestre, ni el paisaje modificado por la mano del hombre, sino los minutos del reloj. Un conjunto de menstruaciones y los hombres naciendo cada nueve meses. No puedo alterar el ciclo. No con la claustrofobia de mi insomnio. Sin embargo sé que el tiempo puede ser alterado, la posibilidad de cambiar el ritmo que es con lo que se manejan todas las cosas del Universo. Conjuro los espíritus de la noche y los tengo en mi mano. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? Me invade un lento terror y quiero volver a bañarme en el río de los hombres, de las cosas familiares, de la naturaleza. Un caballo, una espada, el fuego, el lenguaje, una úlcera en el duodeno, todo lo que nos aferre al cordón umbilical. Pienso como si estuviera hablando. Hablo como si estuviera escribiendo. Poco y mucho es el lenguaje, la escritura. Lo mismo pienso de cualquier representación. Me comunico mucho mejor con los otros por distintos medios. A mí las palabras me dicen poco, ya lo dije. Empleo medios corporales; eso seguro. Y siempre es lo mismo. Mucho y nada es lo que la gente tiene que decirme. Estoy mal, insatisfecho, no puedo controlarme. Pienso que me basta esta limosna diaria y espero no volver a tener insomnio en bastante tiempo. * Los pensamientos de la noche anterior no le habían hecho nada bien al Bienamado. Había despertado con la boca pastosa, como si hubiera tomado remedios para poder dormir. Le dolía la cabeza, le parecía haber bebido con exceso. Estaba de un terrible mal humor, como muchas de las mañanas en que debía presentarse a la vida; pese a que era un hombre que tenía mucha experiencia en varios campos nada podía hacer para salir de esos estados nefastos. Se dirigió a un cuarto contiguo a su dormitorio, donde ya estaba la Compañera sentada frente a la mesa del desayuno. – ¿Querés oír un informativo?, preguntó la mujer. Bienamado contestó con gesto aquiescente y comenzó a comer unas tostadas. Compañera de tanto en tanto lo miraba. Bienamado mantenía la cabeza medio baja, ladeada, y algunas miradas torvas eran disparadas ora hacia aquí, ora hacia allá. No podía salir de su estado de furia impotente. Se sirvió más café y Compañera acercándosele lo besó y le acarició el pelo. Bienamado persistía en contemplar el piso. Estaba empacado, empacado como un chico. – Qué bien hice el amor anoche, comentó cariñosamente Compañera. Seguramente lo hiciste vos sola, hija de puta, como si no lo hubiéramos hecho juntos, alcanzó a pensar como en un relámpago un Bienamado desconocido. Pero fue en vano, el círculo de su prisión ya estaba casi roto. * – Como habrás podido observar nuestra Organización se mueve en dos sentidos. Uno, que podríamos llamar material, que abarca el campo de la acción (la investigación es acción) y de la creación de dinero. Y otro espiritual, cuyo fin es procurar una mayor libertad interna e individual en cada uno de los miembros de nuestros grupos, y por lo tanto una mayor libertad interior en la sociedad en que vivimos, explicó el Bienamado. Empecemos por el primero, siguió. El otro día estuviste en una reunión del Directorio de Nueva Comunicación. Esta empresa está concebida de una manera tal, que abarca todos los medios de comunicación y no sólo los tradicionales. Nuestra concepción es amplia a este respecto. Tenemos montados laboratorios de investigación científica y técnica, equipos creativos que trabajan exclusivamente para nosotros. De ellos salen, por ejemplo, estudios de mercado y coyunturales, análisis sociológicos, económicos y psicológicos. Se encara la realidad social contemporánea y se contemplan los medios que puedan influir sobre ella. Se ve la forma en que ellos, los medios, pueden operar, y una vez que se encuentra la manera de que lo hagan, de acuerdo a nuestra propia filosofía, digámoslo así, se lleva a la práctica según lo que consideramos apropiado para nuestros fines. Prendió un habano. Continuó: – Como te darás cuenta todo esto tiene una base económica firme. Comencé invirtiendo mil millones de pesos en Nueva Comunicación, con la esperanza de que con el tiempo ella se llegara a bastar a sí misma y pudiera continuar sola. Mis mejores cálculos han sido superados por la realidad, pese a que hace pocos años que la empresa ha sido fundada ya ha comenzado a dar ganancias. Junto con los laboratorios de investigación hemos creado una oficina de patentes y marcas internacionales. Con la venta de algunas patentes de nuestros inventos y con el aprovechamiento de descubrimientos que realizamos, hacemos que el nivel de investigación continúe con ritmo creciente. Por otra parte trabajamos en cooperativa y muchos de los beneficios que se perciben van a parar a las manos del personal. Lo mismo pasa con toda la Empresa. Siguió: – El otro día, en la reunión de directorio a la que asististe, se habló de la creación de las historietas, etc. etc. Pues bien, el Departamento de Historietas es uno de los más florecientes desde el punto de vista económico. Tenemos varias realizaciones de este tipo que se venden en todo el mundo y un complejo de revistas y medios televisivos –en plena evolución– que creo darán mucho dinero… Desde hacía unos segundos se prendía una luz intermitente en un aparato que estaba sobre el escritorio de Bienamado. Este finalmente se interrumpió y apretó un intercomunicador. – Ha llegado el Secretario, señor, se oyó una voz impersonal. – Que me espere un segundo, por favor. – Como te decía, continuó Bienamado, te das cuenta que Nueva Comunicación, es una sola de las ramificaciones de la Organización. Quizás una de las ramas más importantes –de acuerdo con nuestros fines–, pero una sola. La Organización, en su parte material (y aquí debo hacerte una advertencia, pues muchas veces cuando nosotros decimos Organización estamos refiriéndonos a nuestra espiritualidad) incluye un Banco, una Sociedad Anónima madre que se ocupa de muy distintos asuntos, una Compañía Inmobiliaria, Constructora y de Tierras, una Administración de Fondos e Inversiones, etc., que en resumidas cuentas forman un complejo económico bastante grande cuyo único objetivo es en definitiva la posesión del poder. Y aquí es cuando lo material de nuestra Organización se funde con lo espiritual de nuestros principios. Y la clave está en la forma en que utilicemos ese poder. Por lo que deseamos volcar nuestros esfuerzos personales y económicos en la consecución de una mayor libertad interna del individuo. Y por lo tanto –según nosotros pensamos– de una vida más feliz y plena y de una sociedad en donde se conviva de una manera más digna, donde circule más aire y se pueda existir con menos terrores, en definitiva; en la que el individuo pueda vivir su destino de ser humano. Prosiguió atropelladamente, un poco apurado: – Por ese motivo es por lo cual hemos tenido que crear una especie de Estado dentro del Estado. Porque en el fondo nuestro propósito es reventar, destrozar a la sociedad capitalista, largó una risotada feroz mientras consultaba rápidamente un reloj, con sus propias armas si es que ya no está superada por sí misma, al par que se levantaba de su sillón y el padre Luis lo imitaba, y saludando a Secretario que entraba en el despacho. El padre Luis que estaba intrigado por lo oído y que pensó era absurdo, se preguntó cómo había amasado Bienamado, en su casi elementalidad, una fortuna como la que tenía. Ahora prestó atención al Secretario y en un instante lo diseccionó. Parecería que este individuo en cualquier momento se va a poner a hablar de Santa Teresita, se dijo. Hay algo que no corresponde entre lo que estoy viendo en la Organización y este hombre. Cuando se dió cuenta de que estaba pensando en la Organización como algo vivo, real, aunque con existencia abstracta, sonrió y se despidió pensando con sorna en la idea de un capitalismo paralelo. * El Decrépito estaba esperando al padre Luis en una vasta habitación que tenía, al igual que las otras del antiguo edificio de la Organización, algo de galpón, sala de estación ferroviaria o depósito. Esta poseía la particularidad de estar llena de cosas. Pero la altura de los techos era tal, que el inmenso ambiente parecía semivacío. Apenas se penetraba en ella, sin embargo, era obligatorio observar los objetos que se hallaban allí, pues constituían un todo sorprendente. Mientras que en el despacho de Bienamado se apilaban carpetas, maquetas, papeles, que hablaban de una intensa actividad personal realizada con premura y desorden, el cuarto lúdico –que así se llamaba esta habitación a la que nos estamos refiriendo– ostentaba igual desorden (mucho mayor), sin la justificación del trabajo, el apuro, o cualquier otra razón que se pretendiese argüir. Parecía hecho a propósito y así era en efecto. Sillas caídas, que cuando uno pretendía levantarlas descubría estaban fijadas al piso, papeles de diario que volaban por el aire y que una vez arrojados al cesto volvían a reanudar su vuelo, constituían algunas de las muestras del criterio con que se había guiado al decorador de esta sala, que incluía varios laberintos de cartón piedra y algunas galerías de espejos. Todos estos elementos le daban un aire de parque de diversiones que era precisamente lo que se buscaba. Aunque las pretensiones del Bienamado habían sido otras cuando decidió encargarla. Había pensado en una especie de microcosmos, en una suerte de compendio o resumen de la realidad cotidiana en sus diversas facetas. Que había sido interpretado a su manera y fielmente por el realizador. Porque si se seguían los circuitos de laberintos previstos, se encontraban una cantidad de datos variables, vertidos con auxilio de máquinas sonoras, fotográficas, cinematográficas y computadoras, que daban en forma bastante satisfactoria, las combinaciones planeadas por el Bienamado. Por lo que mirado desde fuera este conjunto no tenía mayor sentido, mas una vez utilizado de acuerdo a sus claves rendía los resultados previstos, y hasta era capaz de crear sus propias leyes, que el Bienamado gozaba en descifrar, y que al par que descansaban su mente, le daban la posibilidad de pensar en nuevos asuntos que aún no había encarado. Algo de esto explicó Decrépito a Luis enfrascándose luego en algunos temas que le habían encargado que desarrollase con el sacerdote. – Es una paradoja, decía Decrépito en esos momentos, pero es así. No podemos alcanzar una verdadera libertad interior si no reconocemos una subordinación a un poder superior. Es decir que por un acto de humildad, o mejor, de renunciamiento a la soberbia, obtenemos una mayor capacidad para gozar y usufructuar de nuestro libre albedrío… – ¿Qué le parece?, preguntó. – ¿Por qué les preocupa tanto la libertad del hombre? – Consideramos que libertad es vida. Son sinónimos. En fin… que la vida no vale la pena de ser vivida si no es en libertad… – Bueno… eso es algo sabido… – Quizás, pero poco practicado. Me explicaré: – Se tiende a confundir la libertad con la libertad política, que sólo es una de las formas que toma la libertad. Por eso siempre nosotros recalcamos las palabras "libertad interior". Creemos que tal como se ha desarrollado la sociedad en que vivimos, el hombre que pertenece a ella carece prácticamente de posibilidad de elegir. Es más, de vivir como un miembro de su especie. Pero no es sólo en la sociedad en donde encontramos estos males, que consideramos son propios de la naturaleza humana. Pensamos que uno de los impulsos más fuertes en el hombre es la autodestrucción. Este impulso –que está lleno de matices– lo lleva a destruir a sus semejantes. Pero si el hombre se desarrollase plenamente en libertad interior, de acuerdo a su propia idiosincrasia y esta situación pudiera darse en una sociedad de tal manera saneada que facilitase el desenvolvimiento individual, el ser humano alcanzaría su más alto destino dentro de su limitación y viviría muchísimo más de acuerdo con la forma en que ha sido plasmado. Inclusive, agregó, aún podría tener la suficiente libertad para destruirse concientemente… – Así es, afirmó el padre Luis. – Por otra parte, prosiguió Decrépito, es tal el clima de injusticia social, económica y política que el hombre ha provocado, que es sólo comparable a los prejuicios morales, físicos y espirituales que sostiene a toda costa para no permitirse vivir como se debe. ¿¡Y sabe por qué es eso!?, agregó completamente exaltado al mismo tiempo que caminaba, o mejor, reptaba dificultosamente por la habitación. ¡Porque el hombre está enfermo de miedo, siempre lo estuvo! ¡Miedo a la naturaleza, a las inclemencias climáticas, a los animales salvajes, a los propios hombres, sus semejantes, a sus hijos, a las sociedades que ha creado y se le escapan de las manos! ¡Pero sobre todo miedo a sí mismo!, rugió temblando de pies a cabeza. Un poco exaltado para esta hora de la mañana, pensó Luis, levantándose y auxiliándolo a no morir en ese instante. Una vez repuesto y después de haber platicado durante más de una hora, Decrépito preguntó al sacerdote si no quería visitar a Luciano en las oficinas de Nueva Comunicación ubicadas en la vereda de enfrente. (Luciano era el hijo mayor de Compañera y el encargado de los Departamentos Televisión, Telenovelas e Historietas). – El Bienamado siente por él una particular predilección, aclaró el Decrépito. – Es un gran muchacho, agregó, quitándose unas lágrimas de los ojos con un pañuelo grande como una sábana. * – Me alegro de que hayas venido a conocer esta parte de la Empresa, dijo Luciano, y al padre Luis le gustó la confianza del tuteo. – ¿Por qué no nos sentamos? – Yo me retiro, murmuró Decrépito. – ¿Querés tomar algo?, invitó Luciano a Luis mientras Decrépito se despedía. Luis pensó que iba a tener que oír unas larguísimas explicaciones y resolvió tomar el toro por las astas. – Bueno, bebería café siempre que pudiera ser yo el que hiciera las preguntas. – Encantado, convino Luciano, ahorra tiempo. – He podido hablar poco desde que estoy sumergido en vuestro mundo. – No me extraña. Bienamado es bastante absorbente. – No es el Bienamado. Es una cuestión de atmósfera. – Conozco. Créeme que es para nosotros bastante problema mantenernos apartados de esa atmósfera y al mismo tiempo participar concientemente de ella. – ¿Hace cuánto tiempo que trabajas aquí? Mejor: ¿por qué participás de la Organización y cómo fue que viniste a parar aquí? – Vos verás, contestó reflexionando…, el Bienamado la conoció a mamá cuando yo tenía diez años… desde el comienzo me gustó… nos trataba como iguales y participaba de nuestros juegos y mejor aún, de nuestras vidas… para un chico esto es muy importante. Mamá siempre nos había dado mucha libertad, y lo que es mejor –ahora lo reconozco– nos había preparado para que tuviéramos la posibilidad de elegir las cosas por nosotros mismos. En fin… pasaron dos años y se produjo la noticia de que mamá y Bienamado se casaban… aunque pensándolo un poco era completamente lógica esa decisión. Yo me opuse. Mamá aceptó mi oposición y así resultó que fui a vivir con papá. Yo lo quería –y lo quiero– enormemente a mi padre y nunca había podido aceptar la disolución de la pareja. Todo esto resulta medio raro mirado en perspectiva… bueno… lo cierto es que con mi hermano Pablo nos fuimos a vivir con papá. Los dos menores quedaron con mamá. Al año siguiente Pablo volvió a casa de mi madre y yo fui a estudiar como pupilo a un colegio en Inglaterra donde estuve cinco años. En ese tiempo mamá me visitó varias veces sola y luego, a mi pedido, con Bienamado. Viviendo fuera había aceptado el casamiento de mi madre. En realidad esto parece un poco antiguo pero fue así como sucedió. Por otro lado siempre le tuve mucha simpatía a Bienamado, al igual que mis hermanos… – ¿Y por eso estás aquí? – No. Nada de eso. Una vez que terminé mis estudios, continuó, quise dedicarme a una carrera técnica. Me interesaban los nuevos medios de comunicación y decidí perfeccionarme en los Estados Unidos. Desde allí mantuve una estrecha correspondencia con Bienamado –uno de los pocos que estaban empapados en el tema– en la cual éste me iba informando de sus proyectos. Me di cuenta de que muchos de sus puntos de vista eran los míos. Bueno… como sucede siempre… estaban en el aire… Pero él quería llevarlos a la práctica. Y yo lo conozco muy bien en este aspecto a nuestro amigo. No piensa o fantasea como el noventa por ciento de nosotros, sino que en el momento que uno menos lo espera o imagina ya está haciendo las cosas. Prosiguió: – Para cuando estuvimos juntos por última vez en New York, yo ya estaba bastante convencido de la parte espiritual de la Organización. Me especialicé en televisión. Lo demás es historia reciente…. Hace cuatro años que estoy a cargo de este Departamento y ahora, a mis conocimientos, he tenido que agregar todo lo relativo a historietas y realización de telenovelas de calidad. – Decíme: la parte espiritual ¿cómo la ves? ¿qué fue lo que te impresionó? – Impresionarme… nada… Pienso que tienen razón. Que es tal cual es. Simplemente. En los años que pasé en el extranjero estuve más bien solo y esta circunstancia, según creo, me dio algunas capacidades. Estas capacidades puestas a reflexionar en un medio, en una sociedad muy evolucionada, me hicieron pensar muchas cosas. Creo que yo he sido un testigo alerta y… bueno… joven, de la revolución científica y técnica de los últimos tiempos. Hablo de revolución en serio. Pues bien… estos pensamientos míos se encontraron muy cómodos con los postulados del Bienamado. Y además se me brindaba la posibilidad de actuar, que es uno de los hallazgos más grandes de la Organización. Sirvió café y palmeó amistosamente al sacerdote. – ¿No te planteaste objeciones con respecto a Bienamado o a la Organización?, preguntó el cura. – Creí que te había respondido a la pregunta cuando te hice el relato de mi relación con él. – Quizás. Pero si no te molesta, te rogaría que fueses más concreto. – A decir verdad no he hecho otra cosa que plantearme objeciones frente a Bienamado a lo largo de mi vida. Inferí de allí las prevenciones que podría tener con la Organización… Pero no, las fui resolviendo una a una y terminé aceptándola como lo acepté al Bienamado. Como algo ya determinado… Y aún hoy, continuó, fijáte lo que te digo, aún hoy constantemente me rebelo y termino estrellándome y conviniendo una vez más con la Organización, porque desgraciadamente siempre tienen razón y es verdad lo que dicen. Y es por eso justamente que me muero de rabia –aunque te parezca infantil– y pateo y finalmente, cuando me sereno, acepto lo que se me da y continúo mi camino. Se había excedido al pronunciar estas palabras. Sorprendido por su pasión, acotó, meditativo: – Lo mismo que sucede con la vida… sabés, agregó, ¡yo creo que la gran virtud de Bienamado es encarnar parte del inconsciente colectivo! Sí. ¡Es el inconsciente colectivo! Dios mío se dijo horas más tarde en el retiro de su habitación el sacerdote. Toda esta gente aparentemente sana… ¿qué es lo que son? Esta mezcla de seriedad y fantasía, ¿a dónde lleva? ¿qué es esta interacción de planos, esta exageración? ¿qué es esto? * Enrique era el hijo mayor del primer matrimonio de Bienamado. Vivía en el campo en una estancia de la que era propietario junto con su padre y poco o nada era lo que bajaba a la ciudad. Tenía veintiocho años, pero aparentaba más. Era muy parecido a su progenitor. No tanto en las facciones o en algún detalle en particular, sino en el conjunto. La forma de moverse, los gestos, la voz, el mismo encanto como triste, retraído, y al mismo tiempo la presencia del tigre, la violencia, el volcán escondido pero muy a flor de piel. Era más buen mozo que Bienamado, había algo más armonioso en él. Era común encontrar algo desmesurado en Bienamado, algo fuera de proporción. Algo de grotesco o trágico que en su hijo no se advertía. Enrique era (aparentemente) de un carácter apacible y sereno. Su existencia transcurría muy ligada al ritmo de la naturaleza, que era su refugio y su fuerza. Era culto y se dejaba llevar por una intuición despierta. Criaba toros, caballos y perros de raza, amén de la agricultura. Le gustaba el trabajo de campo y todo lo que fuera vida al aire libre. Se le habían conocido circunstancialmente algunos asuntos amorosos, pero evitaba referirse a sus relaciones personales tanto como a su vida privada. Por momentos era taciturno y siempre reservado, aunque predominaba en él un natural alegre y un modo de ser muy dado, cosa rara en un hombre introvertido. Lo rodeaba un grupo de amigos muy íntimos. No formaba parte de la Organización. Siempre había tenido un carácter y una forma de ser muy independiente y jamás se le ocurrió pertenecer a ella. Quizás hubiesen sido él y su hermano Juan, los que pagaran el pato del desequilibrio delirante del Bienamado (antes de que éste pudiera tener conciencia del mismo y aprendiera a manejar sus propias fuerzas). Durante muchos años él y sus hermanos sufrieron la locura de Bienamado, sus fobias y terrores, su inestabilidad emocional, social y económica. Sin embargo estos fueron los años en que Enrique estuvo más cerca de su padre. Luego, el tiempo, las circunstancias, los fueron separando. Desde los dieciséis años –fecha en que Enrique terminó el bachillerato y fue a trabajar al campo de unos amigos–, esta distancia se amplió. Más adelante, con el apoyo de Bienamado compró una estancia propia. Era interesante observar esa mañana de agosto, –en que Enrique había ido a buscar a su padre al Tigre para traerlo en el coche al centro– las semejanzas y disimilitudes entre estos dos hombres. Enrique se vestía muy bien, era particularmente elegante. Usaba la ropa con naturalidad, aunque detrás de esa naturalidad uno podía advertir la mano de un buen sastre. Bienamado tenía el mismo sastre, aunque eventualmente parecía vestido en algún supermercado. Siempre había algo de exagerado en él, fuera de contexto. A Enrique le quedaba bien la ropa mientras que a su padre le caía mal, o al menos en forma dudosa. Uno se imaginaba inmediatamente que debajo de ella el hombre estaba desnudo. O tenía algo de disfraz. O mejor, parecía como si lo estuviese ahogando, como si actuara tipo un chaleco de fuerza. En la vida era lo mismo; parecía que a Enrique le caía bien la existencia. Al Bienamado, decididamente, le daba claustrofobia. Enrique dejaba pasar los días y los vivía minuciosamente. Bienamado tenía que alterar constantemente el tiempo para sentir que estaba vivo. De un modo oscuro Enrique "era". Bienamado luchaba denodadamente por "ser". En eso consistía su gracia y su mayor mérito. Las relaciones entre padre e hijo eran excelentes pese a que se veían poco, o precisamente por ese motivo. Se respetaban mutuamente y se adivinaba una unión muy entrañable, allá en lo más profundo, donde los genes se confunden y más allá aún, donde se pierde la materia. Un observador superficial hubiese sospechado el resentimiento en Enrique y la desconfianza en Bienamado, sentimientos que indudablemente existían; pero en lo hondo de sí mismos eran prácticamente una misma cosa, tanto, que a veces no necesitaban de las palabras o de los signos exteriores para entenderse. Viéndolos ahora en el automóvil que manejaba Enrique, rumbo al centro, tenían algo de extraños hermanos siameses. El Bienamado gesticulando como siempre que estaba cómodo. Enrique conduciendo tranquilamente, oyendo, contestando con brevedad. Es posible que casi nunca Bienamado estuviese cómodo, salvo cuando hacía el amor, se distendía o afrontaba un problema grave, es decir cuando se olvidaba de sí mismo. Enrique casi siempre parecía un pez en el agua. No obstante, ahora, solos y juntos, se pensaba que eso también podía ser a la inversa. Extraño. Una misma ilusión óptica los unía en un bloque sólido, donde cada cual jugaba el rol del otro, y los papeles podían ser intercambiados. – ¿Cuándo vas a venir al campo? ¿Te esperamos este mes?, preguntó Enrique. – Puede ser a mediados del próximo, respondió Bienamado. – Lo antes que puedas. Me gustaría que vieras unas cuantas cosas. – Viajamos a Estados Unidos dentro de diez días y al regreso voy al campo, te lo prometo. – ¡Ah! si vas a Estados Unidos, tengo que hacerte algunos encargos… (Continuará) |
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